24 de mayo de 2011

Gladiator

Traigo una película que ya tiene algunos años, pero que me encanta: Gladiator.






Gladiator es del año 2000, dirigida por Ridley Scott, que es autor de una de las, para mí, mejores películas de la historia del cine: Blade Runner, así como de otras dos cintas que, aparte de Gladiator, literalmente no me canso de ver: Alien, el octavo pasajero y Black Hawk Derribado.


Gladiator renueva el género de las llamadas "películas de romanos", subgenero cinematográfico que estuvo de moda allá por los 50 y 60 y que dió lugar a grandes cintas, pero que había desaparecido en los últimos años, por aquello de que en el cine, como casi todo en la vida, hay modas, y la moda predominante en los 90 y primeros años de este siglo venía marcada por los thrillers psicológicos, con Seven en cabeza seguida por un puñado de imitadoras. Por eso, que una superproducción viajase en el tiempo hasta la lejana Roma y rescatase del olvido los otrora manoseados topicazos de luchas de gladiadores, batallas y luchas entre malos y buenos resultaba, cuando menos, original, y suscitó gran curiosidad y expectación.


En este enlace está el tráiler.


Pero Gladiator no es un "peplum" más. Podrá discutirse lo genuino del argumento, lo acertado, o no, de la reconstrucción histórica, la verosimilitud de la trama... Probablemente está llena de anacronismos, errores y verdaderas meteduras de pata (por ejemplo, las ballestas, que se usan en algunas escenas de lucha pertenecen a una época posterior a la que se recoge en el film). Pero sin embargo, a pesar de todos sus fallos, ver Gladiator supone una experiencia estética memorable. Tiene escenas de gran belleza visual, que a veces parecen sacadas de una pintura barroca. Si se une lo hermoso de su banda sonora, el resultado es de una belleza deslumbrante.


Las imágenes de la ciudad de Roma, por ejemplo, con un cielo color de chocolate en el que se recorta la cara del emperador Cómodo, como si fuera una gran estatua de marmol, o el momento en el que Cómodo y Máximo hacen su aparición por la trampilla del coliseo, que los eleva desde la oscuridad de los subterráneos hasta la luz de la arena, con Cómodo, de pie, vestido con una armadura blanca y Máximo, postrado, con una armadura negra, como si fueran dos ángeles que representan el Bien y el Mal. O la enorme escena de la batalla inicial, con las cohortes avanzando en línea quebrada mientras una lluvía de flechas incendiarias sobrevuela la cabeza de los legionarios, todo ello envuelto en música de batalla... Precioso :-)


En suma, una película llena de escenas visualmente impactantes, con la rara impresión de ver a veces una sucesión de cuadros, como si de en un museo estuviésemos, con personajes a veces congelados en la luz de una representación teatral.


Y al lado de esta estética están los personajes. Russell Crowe interpreta al general Máximo, fiel y leal servidor del Imperio.






Y Joaquin Phoenix es su reverso tenebroso, el lado oscuro de la fuerza, la maldad traicionera.






Esa dicotomía bondad-maldad es muy acusada. El más interesante de los dos es, con mucho, Cómodo, siempre con la mitad de su rostro bañado en oscuridad, reflejo de la lucha interna que vive. De Máximo ya sabemos lo que podemos esperar: fe, lealtad y heroísmo. Pero Cómodo nos da la medida exacta de lo humano: de aquel que pudiendo ser bueno, por debilidad, por cobardía o por incapacidad, elige ser malo. Como una maldición, quizá, pero también con el sufrimiento íntimo que produce pensar que las cosas podían haber sido de otra manera y que el destino, en definitiva, se impone a la voluntad. Los ojos de Cómodo, su rostro sumergido en sombras, es sin duda lo más interesante de la película.

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