12 de junio de 2011
El quinto día
Si quereis leer un libro que os atrape hasta el punto de no poder soltarlo; que os cuente una historia en la que se mezcla acción, geografía, biología, naútica o física; que viaja por tres océanos y que desciende a profundidades nunca visitadas por el hombre; que trata tema tan actuales como el cambio climático, la explotación petrolífera y las nuevas energías; que te enseña cómo funcionan las grandes corrientes marinas que, en definitiva, son la base del clima a nivel mundial... Este libro es, sin duda, El quinto día, de Frank Schatzing.
La novela de la que tratamos es un best seller. Este anglicismo puede ser traducido como "el que mejor se vende". En Alemania han sido tres millones de ejemplares. En otros países de Europa las cifras son igualmente millonarias. Podríamos considerar que estamos ante un fenómeno editorial semejante a El Código Da Vinci. Pero no es así... Aunque la expresión "best seller" pueda tener una fuerte carga despectiva, en la medida en que cantidad y calidad no siempre van unidas, El quinto día supera con creces las expectativas que su ambicioso argumento presenta y se eleva sobre la mediocridad habitual que hoy resulta fácil encontrar en las librerías. Las invasiones de templarios y misterios medievales que padecemos son derrotadas por esta rebelión de los océanos que en El quinto día se narra.
Además, y es dato que convierte a este libro en algo más que una novela, El quinto día no es sólo acción, intriga y suspense, sino que contiene muchísima divulgación científica. Datos sobre los océanos, sobre geología, biología marina, astronomía, naútica, etología, climatología... Después de leer la novela sé cómo funciona la Corriente del Golfo, qué importancia tiene el agua fría del océano ártico, cómo se regula el clima en base a las corrientes marinas... Temas como las causas y efectos de los maremotos, la explotación petrolífera en las profundidades, exploración de fosas marinas... Todo ello viene explicado, con amenidad y rigor, en las páginas del libro. Se podría decir que todos esos conocimientos son el andamiaje perfecto en el que se mueven los personajes. Es un libro de ficción, pero no de ciencia ficción, en la medida en que no se inventa nada, sino que se parte de conocimientos científicos contrastados, para, a partir de ahí, desarrollar toda la acción.
¿De qué va El quinto día? De los océanos. Y de la acción del hombre sobre ellos. Y de cómo estamos desequilibrando algo que se ha autoregulado durante millones de años, permaneciendo en equilibrio. Y de cómo el hombre, con su acción, sus industrias contaminantes y, en definitiva, con su ignorancia, está rompiendo ese equilibrio. Y de cómo hay seres que reaccionan y se defienden...
Desde las costas del Perú hasta las de Noruega, pasando por la costa pacífica estadounidense o los estrechos filipinos comienzan a ocurrir cosas raras... Desapariciones de pescadores, invasiones de medusas venenosas, ataques de ballenas a barcos, intoxicaciones alimentarias con productos del mar... Poco a poco comienza a ser evidente que todos esos acontecimientos responden a una acción hostil por parte de los océanos contra la raza humana. Los sucesos se suceden... organismos marinos deshacen la plataforma continental del Mar del Norte, provocando un cataclismo en todo el norte de Europa, extrañas criaturas comienzan a emerger del fondo del mar, invadiendo las zonas costeras, las epidemias se suceden, y nuevas amenzas surgen: la paralización de la Corriente del Golfo de México, el desmoronamiento de la isla de La Palma... Los gobiernos actúan, y comités de científicos, militares y políticos comienzan a hacer frente a la amenaza y a intentar pararla. ¿Lo conseguirán? ¿Y cómo? Me temo que habrás de leer la novela para averiguarlo.
Si te parece demasiado fantástico lo expuesto, quizá valga la pena aclarar que todos esos sucesos, aparentemente imposibles, tienen base real... Ruego te informes sobre la composición de los fondos marinos, ricos en gas como el metano, o en la constitución geológica de La Palma y su riesgo de desplome (tema que ya fue portada de los periódicos hace meses) o de la actividad extractora de petroleo por parte de las grandes compañías... Con esos mimbres, el alemán Schatzing confecciona una entretenidísima novela que mezcla por igual ciencia con suspense. Una combinación que seguro te mantiene en vilo a pesar de sus más de 1000 páginas...
Sí, es un tocho enorme. Y tal vez aquí es donde esté el único "pero" que se me ocurre hacerle a esta novela... Y es que frente a esa ingente cantidad de conocimientos científicos y a lo interesantísimo de la acción que se desarrolla, hay partes que son verdaderamente lentas y que no se sabe muy bien por qué están ahí, como esa descripción exhaustiva de una forma de vida más respetuosa con el medio ambiente: la de los inuit de Canadá. Sin duda son muy respetuosos, sí, pero esas cien páginas, justo cuando hemos dejado al Tarawa, buque de la armada norteamericana y cargado, para la ocasión, de científicos, a punto de establecer contacto con las formas de vida que son la causa de la hostilidad de los océanos para con los hombres, cortan un poquito el desenfrenado ritmo narrativo, sobre todo cuando nada aportan a la trama argumental más allá de teñir de idealismo nostalgico un mayor respeto para con el planeta.
Por tanto, novela interesantísima, totalmente recomendable, y que apunta a la acción del hombre como causante de nuestra futura ruina. ¿Cómo será el planeta dentro de cien años? ¿Seguiremos estando aquí para verlo? Quizá no... ¿Exagero?
Este verano leed El quinto día. Tanta agua seguro que os refresca :-)
6 de junio de 2011
Hoy, arte
De Youtube traigo una maravilla que he encontrado. Un vídeo con una animación de retratos femeninos de la historia de la pintura. Mirad la belleza que se desprende del mismo. Mujeres, serenidad, belleza. Y música. Una mezcla excelente.
24 de mayo de 2011
Gladiator
Traigo una película que ya tiene algunos años, pero que me encanta: Gladiator.
Gladiator es del año 2000, dirigida por Ridley Scott, que es autor de una de las, para mí, mejores películas de la historia del cine: Blade Runner, así como de otras dos cintas que, aparte de Gladiator, literalmente no me canso de ver: Alien, el octavo pasajero y Black Hawk Derribado.
Gladiator renueva el género de las llamadas "películas de romanos", subgenero cinematográfico que estuvo de moda allá por los 50 y 60 y que dió lugar a grandes cintas, pero que había desaparecido en los últimos años, por aquello de que en el cine, como casi todo en la vida, hay modas, y la moda predominante en los 90 y primeros años de este siglo venía marcada por los thrillers psicológicos, con Seven en cabeza seguida por un puñado de imitadoras. Por eso, que una superproducción viajase en el tiempo hasta la lejana Roma y rescatase del olvido los otrora manoseados topicazos de luchas de gladiadores, batallas y luchas entre malos y buenos resultaba, cuando menos, original, y suscitó gran curiosidad y expectación.
En este enlace está el tráiler.
Pero Gladiator no es un "peplum" más. Podrá discutirse lo genuino del argumento, lo acertado, o no, de la reconstrucción histórica, la verosimilitud de la trama... Probablemente está llena de anacronismos, errores y verdaderas meteduras de pata (por ejemplo, las ballestas, que se usan en algunas escenas de lucha pertenecen a una época posterior a la que se recoge en el film). Pero sin embargo, a pesar de todos sus fallos, ver Gladiator supone una experiencia estética memorable. Tiene escenas de gran belleza visual, que a veces parecen sacadas de una pintura barroca. Si se une lo hermoso de su banda sonora, el resultado es de una belleza deslumbrante.
Las imágenes de la ciudad de Roma, por ejemplo, con un cielo color de chocolate en el que se recorta la cara del emperador Cómodo, como si fuera una gran estatua de marmol, o el momento en el que Cómodo y Máximo hacen su aparición por la trampilla del coliseo, que los eleva desde la oscuridad de los subterráneos hasta la luz de la arena, con Cómodo, de pie, vestido con una armadura blanca y Máximo, postrado, con una armadura negra, como si fueran dos ángeles que representan el Bien y el Mal. O la enorme escena de la batalla inicial, con las cohortes avanzando en línea quebrada mientras una lluvía de flechas incendiarias sobrevuela la cabeza de los legionarios, todo ello envuelto en música de batalla... Precioso :-)
En suma, una película llena de escenas visualmente impactantes, con la rara impresión de ver a veces una sucesión de cuadros, como si de en un museo estuviésemos, con personajes a veces congelados en la luz de una representación teatral.
Y al lado de esta estética están los personajes. Russell Crowe interpreta al general Máximo, fiel y leal servidor del Imperio.
Y Joaquin Phoenix es su reverso tenebroso, el lado oscuro de la fuerza, la maldad traicionera.
Esa dicotomía bondad-maldad es muy acusada. El más interesante de los dos es, con mucho, Cómodo, siempre con la mitad de su rostro bañado en oscuridad, reflejo de la lucha interna que vive. De Máximo ya sabemos lo que podemos esperar: fe, lealtad y heroísmo. Pero Cómodo nos da la medida exacta de lo humano: de aquel que pudiendo ser bueno, por debilidad, por cobardía o por incapacidad, elige ser malo. Como una maldición, quizá, pero también con el sufrimiento íntimo que produce pensar que las cosas podían haber sido de otra manera y que el destino, en definitiva, se impone a la voluntad. Los ojos de Cómodo, su rostro sumergido en sombras, es sin duda lo más interesante de la película.
Gladiator es del año 2000, dirigida por Ridley Scott, que es autor de una de las, para mí, mejores películas de la historia del cine: Blade Runner, así como de otras dos cintas que, aparte de Gladiator, literalmente no me canso de ver: Alien, el octavo pasajero y Black Hawk Derribado.
Gladiator renueva el género de las llamadas "películas de romanos", subgenero cinematográfico que estuvo de moda allá por los 50 y 60 y que dió lugar a grandes cintas, pero que había desaparecido en los últimos años, por aquello de que en el cine, como casi todo en la vida, hay modas, y la moda predominante en los 90 y primeros años de este siglo venía marcada por los thrillers psicológicos, con Seven en cabeza seguida por un puñado de imitadoras. Por eso, que una superproducción viajase en el tiempo hasta la lejana Roma y rescatase del olvido los otrora manoseados topicazos de luchas de gladiadores, batallas y luchas entre malos y buenos resultaba, cuando menos, original, y suscitó gran curiosidad y expectación.
En este enlace está el tráiler.
Pero Gladiator no es un "peplum" más. Podrá discutirse lo genuino del argumento, lo acertado, o no, de la reconstrucción histórica, la verosimilitud de la trama... Probablemente está llena de anacronismos, errores y verdaderas meteduras de pata (por ejemplo, las ballestas, que se usan en algunas escenas de lucha pertenecen a una época posterior a la que se recoge en el film). Pero sin embargo, a pesar de todos sus fallos, ver Gladiator supone una experiencia estética memorable. Tiene escenas de gran belleza visual, que a veces parecen sacadas de una pintura barroca. Si se une lo hermoso de su banda sonora, el resultado es de una belleza deslumbrante.
Las imágenes de la ciudad de Roma, por ejemplo, con un cielo color de chocolate en el que se recorta la cara del emperador Cómodo, como si fuera una gran estatua de marmol, o el momento en el que Cómodo y Máximo hacen su aparición por la trampilla del coliseo, que los eleva desde la oscuridad de los subterráneos hasta la luz de la arena, con Cómodo, de pie, vestido con una armadura blanca y Máximo, postrado, con una armadura negra, como si fueran dos ángeles que representan el Bien y el Mal. O la enorme escena de la batalla inicial, con las cohortes avanzando en línea quebrada mientras una lluvía de flechas incendiarias sobrevuela la cabeza de los legionarios, todo ello envuelto en música de batalla... Precioso :-)
En suma, una película llena de escenas visualmente impactantes, con la rara impresión de ver a veces una sucesión de cuadros, como si de en un museo estuviésemos, con personajes a veces congelados en la luz de una representación teatral.
Y al lado de esta estética están los personajes. Russell Crowe interpreta al general Máximo, fiel y leal servidor del Imperio.
Y Joaquin Phoenix es su reverso tenebroso, el lado oscuro de la fuerza, la maldad traicionera.
Esa dicotomía bondad-maldad es muy acusada. El más interesante de los dos es, con mucho, Cómodo, siempre con la mitad de su rostro bañado en oscuridad, reflejo de la lucha interna que vive. De Máximo ya sabemos lo que podemos esperar: fe, lealtad y heroísmo. Pero Cómodo nos da la medida exacta de lo humano: de aquel que pudiendo ser bueno, por debilidad, por cobardía o por incapacidad, elige ser malo. Como una maldición, quizá, pero también con el sufrimiento íntimo que produce pensar que las cosas podían haber sido de otra manera y que el destino, en definitiva, se impone a la voluntad. Los ojos de Cómodo, su rostro sumergido en sombras, es sin duda lo más interesante de la película.
18 de mayo de 2011
De pìntura
No sé si dije en alguna ocasión que me encanta la pintura. Soy de esos que visitan museos, compran libros de Taschen, adquieren diapositivas y/o postales, tienen un caballete en casa y creen que las deliciosas tiendas de material para dibujar, con su mezcla de óleos, tizas, acuarelas, ceras y pasteles son una de las diversas formas de paraíso.
Les aseguro que es un vicio caro. Ver cuadros implica viajar. Y no siempre es posible desplazarse a París para ver el Louvre o a San Petersburgo (cómo ha mejorado esta ciudad desde que le han cambiado el nombre) para ver el Hermitage. Menos mal que en España tenemos El Prado, el magnífico Museo de Bellas Artes de Sevilla o el coqueto e interesante Museo de Cádiz.
Pero como digo uno no puede permitirse ir a todos esos sitios con la frecuencia debida. De momento, es mejor que los cuadros te los traigan a casa. Y no, no hablo de que Seur llame a tu puerta, sino de la web que enseño a continuación.
Ciudad de la pintura es la mayor pinacoteca virtual que existe. Son centenares los autores que en ella se pueden encontrar, y decenas de miles las obras que se pueden visualizar. Organizados por épocas o por orden alfabético, toda la historia de la pintura está ahí, a disposición de quien quiera conocerla.
Cada cuadro puede ser visualizado en pantalla grande, clicando en el lugar correspondiente y, lo mejor de todo, te permite guardarlo en tu disco duro. No todas las imágenes que pululan por Internet se pueden guardar, y no en todas las páginas oficiales de los museos te lo permiten hacer. En Ciudad de la Pintura sí, con lo que te puedes bajar una bonita cantidad de cuadros, tus preferidos, y hacer una presentación en forma de diapositivas que luego grabar en un CD o en un DVD, añadirle una pista de música (recomiendo algo barroco, Corelli a ser posible) y tener así un documental hecho por ti mismo con una época pictórica concreta o con una antología de tus pintores favoritos. Si ya eres un manitas puedes añadirle fichas de los pintores o los cuadros, y queda perfecto y sumamente didáctico. Y todo ello gratis y sin salir de casa.
Vamos a ver algunos de los cuadros.
Arriba teneis El grito, el famosísimo cuadro de Edvard Munch. Un cuadro agónico ciertamente, tal como su autor, persona interesantísima. Fue pintado en 1893, y ese grito de horror y angustia, en una Europa que en pocos años se iba a suicidar en las trincheras de la Primera Guerra Mundial siempre me ha parecido profético.
Y abajo está El sueño del caballero, de Antonio de Pereda, una vanitas del siglo XVII, y que es mi cuadro favorito. El caballero duerme mientras un ángel le señala, en sueños, la vanidad de las cosas mundanas, representadas en el cuadro por la acumulación de objetos que hay al lado del caballero.
Aquí teneis un Paisaje de Benjamín Palencia, pintor manchego que plasma como nadie lo adusto del paisaje de Castilla... los tonos ocres y marrones, el amarillo de los campos... Tan eficaz en el efecto descriptivo como una novela de Miguel Delibes.
Y a continuación, para terminar, uno de los cuadros más hermosamente sencillos, por su temática, de Velázquez, Vieja friendo huevos.
Me parece sencillamente genial. Una escena costumbrista, aparentemente anodina, la de una mujer rodeada de objetos de uso corriente, algo tan sencillo y cotidiano como una jarra, la hogaza de pan, la aceitera y los huevos... En una España que en la época en que se pinta el cuadro se había desbordado de sí misma y se había desparramado por todo el orbe, con la fuerza vital que sólo las naciones verdaderamente grandes tienen, y que conserva, en cualquier calleja del Madrid de los Austrias que gobernaban ese Imperio, en cualquier figón o casa de vecinos, a una vieja, humilde y modesta, friendo huevos.
En fin, no sigo porque estaría todo el día poniendo cuadros, y hace un día lo suficientemente bueno como para dar un trote ligero por el campo. Os animo a ver cuadros, y a recrear las vidas de los personajes que en ellos se representan, o a imaginar los paisajes que esconden. La Ciudad de la Pintura es el mejor sitio para hacerlo.
Les aseguro que es un vicio caro. Ver cuadros implica viajar. Y no siempre es posible desplazarse a París para ver el Louvre o a San Petersburgo (cómo ha mejorado esta ciudad desde que le han cambiado el nombre) para ver el Hermitage. Menos mal que en España tenemos El Prado, el magnífico Museo de Bellas Artes de Sevilla o el coqueto e interesante Museo de Cádiz.
Pero como digo uno no puede permitirse ir a todos esos sitios con la frecuencia debida. De momento, es mejor que los cuadros te los traigan a casa. Y no, no hablo de que Seur llame a tu puerta, sino de la web que enseño a continuación.
Ciudad de la pintura es la mayor pinacoteca virtual que existe. Son centenares los autores que en ella se pueden encontrar, y decenas de miles las obras que se pueden visualizar. Organizados por épocas o por orden alfabético, toda la historia de la pintura está ahí, a disposición de quien quiera conocerla.
Cada cuadro puede ser visualizado en pantalla grande, clicando en el lugar correspondiente y, lo mejor de todo, te permite guardarlo en tu disco duro. No todas las imágenes que pululan por Internet se pueden guardar, y no en todas las páginas oficiales de los museos te lo permiten hacer. En Ciudad de la Pintura sí, con lo que te puedes bajar una bonita cantidad de cuadros, tus preferidos, y hacer una presentación en forma de diapositivas que luego grabar en un CD o en un DVD, añadirle una pista de música (recomiendo algo barroco, Corelli a ser posible) y tener así un documental hecho por ti mismo con una época pictórica concreta o con una antología de tus pintores favoritos. Si ya eres un manitas puedes añadirle fichas de los pintores o los cuadros, y queda perfecto y sumamente didáctico. Y todo ello gratis y sin salir de casa.
Vamos a ver algunos de los cuadros.
Arriba teneis El grito, el famosísimo cuadro de Edvard Munch. Un cuadro agónico ciertamente, tal como su autor, persona interesantísima. Fue pintado en 1893, y ese grito de horror y angustia, en una Europa que en pocos años se iba a suicidar en las trincheras de la Primera Guerra Mundial siempre me ha parecido profético.
Y abajo está El sueño del caballero, de Antonio de Pereda, una vanitas del siglo XVII, y que es mi cuadro favorito. El caballero duerme mientras un ángel le señala, en sueños, la vanidad de las cosas mundanas, representadas en el cuadro por la acumulación de objetos que hay al lado del caballero.
Aquí teneis un Paisaje de Benjamín Palencia, pintor manchego que plasma como nadie lo adusto del paisaje de Castilla... los tonos ocres y marrones, el amarillo de los campos... Tan eficaz en el efecto descriptivo como una novela de Miguel Delibes.
Y a continuación, para terminar, uno de los cuadros más hermosamente sencillos, por su temática, de Velázquez, Vieja friendo huevos.
Me parece sencillamente genial. Una escena costumbrista, aparentemente anodina, la de una mujer rodeada de objetos de uso corriente, algo tan sencillo y cotidiano como una jarra, la hogaza de pan, la aceitera y los huevos... En una España que en la época en que se pinta el cuadro se había desbordado de sí misma y se había desparramado por todo el orbe, con la fuerza vital que sólo las naciones verdaderamente grandes tienen, y que conserva, en cualquier calleja del Madrid de los Austrias que gobernaban ese Imperio, en cualquier figón o casa de vecinos, a una vieja, humilde y modesta, friendo huevos.
En fin, no sigo porque estaría todo el día poniendo cuadros, y hace un día lo suficientemente bueno como para dar un trote ligero por el campo. Os animo a ver cuadros, y a recrear las vidas de los personajes que en ellos se representan, o a imaginar los paisajes que esconden. La Ciudad de la Pintura es el mejor sitio para hacerlo.
12 de mayo de 2011
En busca del unicornio
Traigo hoy un libro con algunos años encima ya, En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán, ganador del premio Planeta en el año 1987, tenía yo... hummmm... sí, tenía muchos años menos.
A este su humilde servidor al que tienen el placer de leer le encanta la historia y la buena literatura. Y en esta novela se aunan por igual las dos: una altísima calidad literaria y un marco histórico incomparable.
En sus páginas, se narra como el rey Enrique IV de Castilla, que reinó entre los años 1454-1474, aquejado del mal de la impotencia, envía a Juan de Olid, noble caballero, en busca de un fantástico animal con cuyo cuerno se puede fabricar un remedio para el mal que aqueja al rey: el unicornio. Para tal misión, Juan de Olid se ve acompañado de un secretario personal, un fraile experto en pócimas, ungüentos y hechizos, una tropa formada por ballesteros y una doncella virgen, ya que la tradición dice que el unicornio es muy escurridizo y sólo se acercará al regazo de una virgen. Toda esa comitiva se adentra en África, a la caza del mitológico animal, desarrollándose las más curiosas peripecias, aunando poesía, dramatismo, sentido del humor, acción, una inagotable curiosidad y un innegable encanto.
Juan de Olid y quienes les acompañan, siempre fieles al cometido que le ha encomendado su rey, atraviesan el desierto, navegan por costas ignotas, tratan con comerciantes árabes, se enfrentan a tribus de negros belicosos... ¿Encuentran al unicornio? Sí :-) Pero sería aconsejable que participases en la cacería.
Más allá de la acción en sí, En busca del unicornio tiene el interés de presentar una historia frontera entre dos épocas. Juan de Olid, su protagonista, es un caballero medieval cuando sale de España para cumplir la tarea que el rey le encomienda. Es fiel, leal y esforzado, y siempre intentará llevar a buen puerto su misión, a pesar de que con el transcurrir de los meses se da cuenta de que es una quimera. Cuando regresa a España, después de muchos años de ausencia, la sociedad ha cambiado. Su rey, al que juró servir, ha muerto y en su lugar ocupan el trono los Reyes Católicos. Es, por tanto, un hombre que emprende su viaje en plena Edad Media, pero que regresa cuando ya soplan los vientos vivificantes del Renacimiento. Es un hombre que ha vivido historias extraordinarias y fantásticas, pero que vuelve cuando todo el país se dispone a vivir, a su vez, la extraordinaria gesta del descubrimiento de América.
Es esa especie de presencia a caballo entre dos épocas, la medieval y la renacentista, separadas tan sólo por unos pocos años entre sí pero alejadísimas en cuanto a la mentalidad que anima a cada una (cerrada la primera, abierta y ágil la segunda), la que hace de Juan de Olid un ser único, pero, al mismo tiempo, descriptivo de toda una clase de hombres: las que por alimentar un sueño eran capaces de entregarse a las mayores gestas. Juan de Olid, de manera ficticia, cumple con esa misión en África, pero en pocos años todo el planeta se llenó de españoles que agrandaban cada día más los horizontes del mundo conocido: miles de navegantes, exploradores, soldados, misioneros, desconocidos en su mayoría, pero que persiguiendo sueños hicieron de España el mayor Imperio conocido, suma de todos sus anhelos, luchas, desgracias y pesares.
¿Habéis pensado alguna vez en ese fenomenal momento histórico, el que va de 1492 a mediados del XVI? ¿Esos apenas cincuenta años en el que miriadas de españoles, pobres en su mayoría, con sueños de grandeza muchos de ellos, logran extenderse por todos los ámbitos del globo, desde Europa hasta los confines del Pacífico? ¿Qué tremenda fuerza vital es la que anima a toda esa gente a salir de su terruño y conquistar Imperios? Pues a ese tipo de hombres se dedica la novela que comento. Los que por cumplir una misión o conquistar un ideal eran capaces de darlo todo en el empeño.
En busca del unicornio está publicada por Planeta. Existen tanto ediciones en tapa dura como de bolsillo.
6 de mayo de 2011
Alejandro
Hace unas semanas hablaba de la película 300 y me refería al Imperio Persa como el ejemplo más claro de que la Historia la escriben los vencedores y que fueron éstos, los griegos, quienes redujeron al olvido el antiguo esplendor de aquél. Hoy vamos a comentar una peli dedicada al triunfador de los persas, al gran Alejandro Magno.
Soy terriblemente poco amigo de dorarle la píldora a nadie, aunque se trate de un héroe en vida, de un semidios, como fue Alejandro. Las masas catetas, que son las más, cuando van al cine a ver una película como Alejandro, no hacen sino asistir a un espectáculo propagandístico de primer orden, una reconstrucción histórica que busca presentar al espectador la única verdad: la de la bondad civilizadora de Alejandro Magno y su constante lucha por la expansión de la civilización griega, cuna de nuestros propios valores. Es mentira. Como hombre que fue, Alejandro Magno tiene muchos claroscuros y bastantes defectos. Pero no deja de ser curioso que casi dos mil quinientos años después de su muerte continue ganando batallas. En vida venció en Gránico, Issos, Gaugamela e Hidaspes. En nuestros días vuelve a vencer... si bien no en una batalla sí en el combate de la propaganda, gracias a la película que Oliver Stone filmó en su memoria.
Debe ser dificilísimo resumir una vida como la de Alejandro Magno en dos horas de película. Así que uno, a la fuerza, debe centrarse en los aspectos más míticos del personaje, aquellos que le han cubierto con la aureola de los elegidos. Se nos presenta a un Alejandro de una esmerada formación, con Aristóteles como maestro nada menos, educado desde niño en la lucha y en la filosofía, hijo de un tirano borracho y cruel como Filipo de Macedonia, amado por su madre Olimpia y puesto al frente de los ejércitos macedónicos para derrotar al imperio persa, extendiendo la civilización occidental hasta los confines de Asia. ¿Es cierto todo esto?
Habría que examinar punto por punto todas esas visiones estereotipadas.
La visión que en la película se nos da de Filipo, por ejemplo, padre de Alejandro, es desafortunadísima. Se le presenta como un bruto reyezuelo pródigo en borracheras y maltratos a su mujer, Olimpia, de la que casi reniega. Sin embargo, fue él y no Alejandro el que preparó al ejército macedónico para sus triunfales campañas en oriente, introduciendo mejoras en el armamento (se pasa de la lanza hoplita griega, de dos metros y medio de largo, a la pica macedónica, de seis metros) y en la organización, creando la que sería la mejor unidad de combate de la antiguedad, la Falange macedónica, imparable en combate. Fue Filipo asimismo el que logró la unidad de todas las polis griegas, objetivo que era previo a su decisión de lanzarse contra Persia. Y es él, en definitiva, quien logra fundir en uno la mentalidad macedónica con la cultura griega, adoptando lo mejor de una y otra, fenomenal convergencia de mentalidades que darán como fruto la superioridad moral de los combatientes griegos frente a la esclavizada masa de guerreros persas. Por tanto, esa visión del Filipo borracho y cruel es, cuando menos, desafortunada.
Por otro lado, se nos presenta a Alejandro como el verdadero muñidor de las victorias griegas en Persia, enfrentándose en ocasiones a sus generales. ¿Es cierta esta imagen? Indudablemente, Alejandro estaba dotado para la estrategia y el mando de hombres en la batalla, hasta el punto de que se le puede considerar una de las más grandes figuras militares de todos los tiempos, al lado de un César o de un Napoleón. Pero también es cierto que nada hubiera logrado si no hubiese contado con la ayuda de los experimentadísimos generales que heredó de su padre tras el asesinato de éste. En concreto, uno de ellos, Parmenio, fue artífice de las victorias en Gránico, Issos y Gaugamela, cuando se encargaba de soportar la mayor parte de las embestidas enemigas mientras Alejandro esperaba el momento adecuado para lanzar las cargas de caballería que terminaban de desbaratar el frente persa. ¿Cuál fue el pago que recibió Parmenio? Su ejecución. Al igual que su hijo, Filotas. ¿Por qué? Por una supuesta conspiración para matar a Alejandro. Lo curioso es que estas ejecuciones, al igual que la que tuvo lugar con Clito, otro de los lugartenientes de Filipo que Alejandro utilizó para dirigir a su ejército, tuvieron lugar una vez que los persas ya estaban derrotados, cuando ya no eran necesarios para dirigir la infantería o la caballería macedónicas.
Y por último, la misión, digamos, "evangelizadora" de Alejandro: la expansión del helenismo por las tierras bárbaras recién conquistadas. ¿Fue cierto? Sí, dado que con Alejandro avanzaban no sólo guerreros, sino también una legión de ingenieros, filósofos y geógrafos griegos que se encargaban de construir puentes, levantar ciudades, canalizar aguas y expandir el conocimiento y la lengua de Grecia. ¿pero qué pasó con Alejandro? Que mientras el territorio se helenizaba, él se orientalizaba, y adoptaba costumbres y ritos propios de los bárbaros que pretendía civilizar. Y así tenemos un Rey que cuanto más se adentra en Asia más críticas recibe por parte de sus soldados debido a las costumbres orientalizantes que iban adoptándose, hasta el punto de que cuando los soldados se plantan, Alejandro apela a "sus asiáticos" para continuar con las conquistas.
En la película tampoco se nos cuenta nada de las espantosas carnicerías que tuvieron lugar durante la expansión hacia el Este. Nada de los sitios de Tiro y Gaza, cuando toda la población de esas ciudades resultó masacrada, o de la aniquilación sistemática del enemigo en Gaugamela o Issos, o de la matanza continuada frente a las tribus del noroeste del imperio persa, en Bactria y Escitia, o de las incontables bajas causadas al rey indio Poro en la batalla de Hidaspes... Muertes todas ellas que configuraban un método nuevo de entender la guerra, no como una forma de imponer la razón propia frente al contrario, sino de aniquilación total y absoluta del enemigo, consiguiendo su más absoluta desaparición. Si pudiésemos rememorar aquellas batallas y comprobar su infinita crueldad, la figura de Alejandro se ensombrecería de manera súbita.
Y todo, además, para nada, porque a la muerte de Alejandro su imperio se dividió entre sus generales, que inmediatamente iniciaron la lucha entre sí. Centenares de miles de muertos causó Alejandro... para que a su muerte las guerras continuasen y poco a poco todas aquellas actuaciones memorables se fuesen debilitando y acabasen sumidas en el olvido, hasta que el nuevo poder emergente de Roma las conquistase de nuevo.
Pero nada de esto se recoge en la película... sólo esa imagen de Alejandro valiente y civilizador... Una película, por tanto, bien hecha, bonita visulamente (hay una escena, con Alejandro envuelto en una túnica roja y las montañas nevadas del Indostán a su espalda que es francamente hermosa) pero que no deja de ser una loa bastante acrítica a una figura histórica que siempre ha despertado admiración pero que tiene tras de sí una turbadora historia de asesinatos, guerras, destrucción y muerte. Propaganda, en definitiva.
30 de abril de 2011
El nombre de la rosa
Escribir un pequeño texto recomendando la lectura de este libro es difícil, por dos motivos: por lo conocido que es y por la gran cantidad de planos de lectura diferentes (y complementarios) que sus páginas ofrecen.
Para la mayoría el libro encierra una historia de detectives y criminales, siquiera que trasladados al aislado escenario de un monasterio medieval. Guillermo de Baskerville, ayudado por Adso de Melk, un novicio, investiga los terribles asesinatos que están teniendo lugar en una abadía benedictina. Esas muertes parecen tener relación con la posesión de un libro prohibido, el segundo libro de la Poética de Aristóteles. ¿Por qué los monjes matan y mueren por ese libro? Guillermo de Baskerville, si te tomas la molestia de acompañarle, te lo explicará.
Pero creo que hay más cosas en esta fenomenal novela aparte de esa acción detectivesca.Sus planos de lectura, como dije antes, son tantos que podemos tomar diversos puntos de vista. Buena parte de los mismos son mencionados por el propio Umberto Eco en las Apostillas a El nombre de la rosa, muy recomendables de leer también.
1. La intertextualidad: salvaje palabra muy de moda con la que algunos incluso quieren disimular cierta tendencia al plagio. En El nombre de la rosa hay intertextualidad por todas partes. Menciones a otros autores, referencias a mitos de la literatura universal, fragmentos de otras obras ocultos en el texto de la novela... Probablemente es en los personajes donde mejor observamos este juego laberíntico de referencias cruzadas. A título de ejemplo:
Guillermo de Baskerville, trasunto de Guillermo de Ockham adornado con la referencia a El perro de los Baskerville, donde Sherlock Holmes aparece por primera vez. Guillermo es una mente analítica, fría, inteligente, como lo eran muchas de las mentes franciscanas del Medievo, como el propio Ockham o Francis Bacon, que creía en una ciencia positiva alejada del oscurantismo religioso de la época. Creo que referencias a eso hay en El nombre de la rosa, cuando Fray Guillemo utiliza sus instrumentos para observar las estrellas y alude a la posibilidad de hacer máquinas que no atenten contra el orden divino.
Adso de Melk: como Holmes tiene a Watson, Guillermo de Baskerville tiene a Adso, joven novicio que le acompaña. Es Adso el cronista de la historia, narrada mucho después de ocurrir los hechos. Adso proviene del latín Adsum, traducible como "doy testimonio", o "doy fe". Genial nombre para un cronista, como puede verse. Por cierto, que quien tenga la suerte de ir a Melk debe echar un vistazo al monasterio allí existente.
Salvatore: un monje jorobado, antiguo fratticello, acogido en la abadía benedictina como ayudante del cillerero. Habla una multitud de lenguas, sin orden ni concierto. Un personaje jorobado que encuentra su alter ego literario en el jorobado de Notre Dame y que tiene otro alter ego más real en Salvatore Quasimodo, premio nobel de literatura y gran poeta italiano. Y, por supuesto, jorobado.
Jorge de Burgos: el monje ciego, antiguo bibliotecario, que guarda en su cabeza todos los libros y que sabe el secreto del libro prohibido. Es para mí el personaje más logrado. La mente maléfica que gobierna el monasterio desde las tinieblas de su ceguera. Es copia fiel de un grande de las letras, Jorge Luis Borges, una de las encarnaciones de Dios. Borges fue bibliotecario en su juventud, era ciego y también guardaba en su prodigiosa memoria bibliotecas enteras.
2. La metáfora: El nombre de la rosa es un libro de frontera entre dos épocas, la Edad Media y el Renacimiento. La Edad Media está representada por el monasterio y sus monjes. Es una construcción imponente, sólida, maciza, guardiana de la ortodoxia. Sus monjes son pequeños obreros que contribuyen con su esfuerzo a que ese edificio siga en pie. Pero fuera de sus muros se respiran otros aires. Las ciudades comienzan a recuperarse del estancamiento que vivieron en los siglos anteriores y nuevas clases sociales pugnan por abrirse camino. En ese ambiente de renovación el monasterio y lo que representa es más un obstáculo que otra cosa. La cultura, el comercio, la política, todo empezará a regirse desde la ciudad. ¿Qué mejor para acabar con la Edad Media que un incendio? El fuego purificador destruye el monstruo de piedra que es el monasterio. Arden sus libros y sus monjes, todo queda destruido. A partir de ahí, sólo hay un camino: el Renacimiento. Creo que como alegoría del final de una época ese incendio con el que acaba el libro es bello.
3. La filosofía: ¿todos somos nombres? ¿No hay nada más allá? ¿nominalismo versus Escolástica? No obstante, habría que tener en cuenta algunas sugerencias que Umberto Eco hace de la posible raíz gnóstica del nominalismo como sistema filosófico, sobre todo al referirse a algunas de las herejías de la época.
Aparte de los anteriores, hay muchos más planos de lectura en El nombre de la rosa. No olvides que es un libro que trata de laberintos, tanto humanos como arquitectónicos como del conocimiento, y que por tanto, como en todo laberinto que se precie, nunca se llega al centro y todo, practicamente, queda por descubrir. Coge una edición, que las hay abundantes y de todos los precios, y date un paseo por alguno de sus enigmas.
24 de abril de 2011
La ofensa
Es curioso e interesante este libro de Ricardo Menéndez Salmón. Curioso, interesante y, a pesar de su brevedad, difícil.
Es curioso porque no es muy habitual que escritores españoles sitúen la trama de una novela en plena segunda guerra mundial. Sí hay algún título reciente que traslada la acción a este conflicto bélico, pero en un ambiente mucho más "español": el de la División Azul, como hace Ignacio del Valle en El tiempo de los emperadores extraños, en Alfaguara. Pero este de Menéndez Salmón es el primero, que yo sepa, que escoge la segunda guerra mundial como trasfondo histórico y, además, desde el bando alemán. No en vano el protagonista es un joven sastre que pasa a formar parte de una división blindada germana.
Es interesante porque la historia que cuenta, lejos de las grandes hazañas militares, de los discursos patrióticos y altaneros, de todo ese ruido, confusión y espanto que la guerra genera, nos muestra la trayectoria de un joven que ve su vida truncada por el estallido de la guerra; que, a su vez, ve su vida militar truncada por la participación en una acción de castigo contra una población francesa; y que ve su posterior vida, primero como paciente en el sanatorio en el que reposa y luego como refugiado con nombre falso en Londres, truncada por la reaparición, como fantasmas que emergen de la niebla, de los personajes y mentalidades que estuvieron presentes en el estallido de su pasado militar. Y todo ello cuando ese personaje, Kurt Crüwell, a raiz de los sucesos que vive como soldado, sufre la rara enfermedad de una perdida absoluta de sensibilidad, no ya física, sino también emocional. Es alguien a quien ni el dolor ni el placer alteran, que no participa ya de las alegrías ni las tristezas que el mundo ofrece, porque no las siente.
Y es un libro difícil. Por su lenguaje, preciso como un perfume, ciertamente barroco, preciosista en las descripciones, en la atmósfera con la que rodea a los personajes, desde el suave rumor de los bosques franceses hasta el frío y lluvioso Londres. Pero es, sobre todo, difícil por su interpretación. No basta con ver en La ofensa la mera historia de un soldado que se ve aquejado de la rara enfermedad de una insensibilidad absoluta. No basta con reducir la historia a un único individuo, por más que trate de un individuo único. Al contrario, La ofensa es una metáfora de toda una época de la historia de Europa. De una Europa que sucumbió a los cantos de sirena que, envueltos en sueños de grandeza y dominación, proyectaba el régimen totalitario nazi, quintaesencia del mal, no por la maldad en sí, sino por la deshumanización a que sometió a tantos millones de personas. Kurt Crüwell es un símbolo, espejo de toda la población europea, que a base de sufrir horrores durante la guerra, acabó cayendo en el peor de los males: la indiferencia, representada aquí por la insensibilidad que sufre Crüwell. Pero lejos de ser una indiferencia neutral, un no importar lo que pasa, el acostumbrarse a la cercanía del mal, es una indiferencia culpable, como demuestra el hecho de que al cruzarse casualmente con su antiguo capitán en Londrés, ya acabada la guerra, Crüwell es capaz, otra vez, de seguir la senda de esos hombres que hablan su idioma materno para adentrarse, de nuevo, en la rememoración del horror pasado, de los hechos que le condenaron a la insensibilidad. Y todo eso, como bien se narra, con la esperanza de encontrarla a ella, una atractiva mujer, vestida con la suavidad de la seda pero con brillos metálicos, como el sastre Crüwell sabe reconocer, y que no es más que el reflejo de una sociedad que ha sabido refinar sus métodos de causar el mal hasta niveles industriales: la belleza que atrae en la fría y metálica máquina que asesina.
Crüwell muere, por supuesto, desde el momento en que vuelve a vivir el horror de las ejecuciones y los asesinatos, pero no es la muerte de un individuo, sino la de toda una sociedad, la de toda una mentalidad: la de aquella que pudiendo extasiarse con la pintura, con la literatura, con el arte modernos, con el paisaje, con todo aquello que la sociedad ofrece de bueno, abandona la ingenuidad que lleva a la felicidad y se sumerge en el miedo colectivo, en el temor industrializado, en una deshumanización profunda pero que, al mismo tiempo, como la mujer del vestido de seda con brillos metálicos, produce atracción.
La ofensa está publicada por Seix Barral, en su colección Biblioteca Breve.
18 de abril de 2011
Hoy, una de cine: 300
Aunque la película 300 tiene ya unos años, la vi hace poco, a raíz de haber estado estudiando algo sobre los persas y sus relaciones con los griegos. Por si no lo saben, les diré que es la adaptación de un cómic del dibujante Frank Miller. No es la primera vez que este artista ve llevada al cine alguna de sus obras. Quizá recuerden que se hizo una, para mi gusto magnífica, adaptación de Sin City, protagonizada por Bruce Willis y Micky Rourke y dirigida por Robert Rodríguez y, para algunas escenas, Quentin Tarantino.
300 relata la extraordinaria gesta protagonizada en el año 489 a. C. por un puñado de guerreros espartanos, que en número de trescientos y dirigidos por su rey Leónidas, hicieron frente a un ejército persa muy superior en número comandado por el rey Jerjes. Leónidas y los suyos resistieron a los persas en el estrecho paso de las Termópilas, impidiendo el avance enemigo y permitiendo que las polis griegas se unieran contra el invasor.
La película, dirigida por Zack Snyder (del que les recomiendo, si les gusta el cine un poco gore y claustrofóbico, su estupenda El amanecer de los muertos), es una adaptación fiel del cómic de Miller. Cualquiera que haya tenido éste en sus manos puede reconocer que hay escenas que son idénticas a los dibujos, habiéndose respetado la estética original. Ello hace de 300 una película de imágenes impactantes, de una rara belleza, con una plástica barroca y efectista. La recreación de los personajes es también similar a la que se ve en el cómic, desde la heroicidad espartana hasta el hedonismo de la corte persa, con la genial recreación de la figura de Jerjes. Por supuesto, cualquier atisbo de rigor histórico ha de ser obviado, puesto que ni los persas ni los espartanos se comportaban en combate tal como en la película se cuenta. De hecho, tampoco fueron 300 espartanos los que en solitario se enfrentaron a Jerjes, sino que se vieron apoyados por unos cientos más de griegos pertenecientes a otras polis.
En este enlace puedes ver el tráiler en español. Y en este otro puedes verlo en su idioma original, muy superior al español porque la traducción es, como casi siempre, muy mejorable.
300 relata la extraordinaria gesta protagonizada en el año 489 a. C. por un puñado de guerreros espartanos, que en número de trescientos y dirigidos por su rey Leónidas, hicieron frente a un ejército persa muy superior en número comandado por el rey Jerjes. Leónidas y los suyos resistieron a los persas en el estrecho paso de las Termópilas, impidiendo el avance enemigo y permitiendo que las polis griegas se unieran contra el invasor.
La película, dirigida por Zack Snyder (del que les recomiendo, si les gusta el cine un poco gore y claustrofóbico, su estupenda El amanecer de los muertos), es una adaptación fiel del cómic de Miller. Cualquiera que haya tenido éste en sus manos puede reconocer que hay escenas que son idénticas a los dibujos, habiéndose respetado la estética original. Ello hace de 300 una película de imágenes impactantes, de una rara belleza, con una plástica barroca y efectista. La recreación de los personajes es también similar a la que se ve en el cómic, desde la heroicidad espartana hasta el hedonismo de la corte persa, con la genial recreación de la figura de Jerjes. Por supuesto, cualquier atisbo de rigor histórico ha de ser obviado, puesto que ni los persas ni los espartanos se comportaban en combate tal como en la película se cuenta. De hecho, tampoco fueron 300 espartanos los que en solitario se enfrentaron a Jerjes, sino que se vieron apoyados por unos cientos más de griegos pertenecientes a otras polis.
En este enlace puedes ver el tráiler en español. Y en este otro puedes verlo en su idioma original, muy superior al español porque la traducción es, como casi siempre, muy mejorable.
Por su estética y su dinamismo, 300 es una película original y extravagante, al estilo de Matrix. Como en esta última, también se utilizan aquí las ralentizaciones de la escenas, sobre todo de combate, para darles mayor carga expresiva. Es, sobre todo, una película de guerra, con sangrientas imágenes de batalla, una verdadera carnicería. Aún así, no se trata simplemente de mostrar a un puñado de hombres en lucha, sino que estas escenas de combate se tratan como si de una coreografía se tratase. El resultado es de una belleza cruel, una mezcla de hermosura y muerte, similar a la que se ve en otras películas, como La reina Margot o El señor de los anillos.
Aunque adaptación de un cómic, y aunque trate de asuntos ocurridos tanto tiempo, lo cierto es que 300, con toda su belleza y originalidad, incorpora también un mensaje bastante moderno y actual, y ciertamente manipulador. Los espartanos y su lucha se presentan como el bastión de la resistencia frente al invasor oriental. Los hoplitas luchan por la libertad, por las leyes, en contra de la esclavitud hedonista que representan Jerjes y su imperio. Abundan los discursos patrióticos, siempre con la palabra "libertad" mencionada decenas de veces, y lanzada siempre contra el invasor "iraní", que quiere apoderarse de ella y reducir a Grecia, y por tanto a Occidente, a la servidumbre. En estos tiempos en que el nuevo enemigo de Occidente es un Irán que fabrica armas nucleares, no cabe duda que 300 aporta su granito de arena a la hora de mostrar ese mundo dividido en buenos y malos que algunos nos quieren hacer ver. Los buenos seremos nosotros, claro, los defensores de la libertad, los capaces de actos heróicos, hasta el sacrificio si es necesario. El malo siempre será el iraní, el que viene de oriente, y que frente a nuestro modo de vida sólo ofrece esclavitud y destrucción. Curiosos paralelismos con las noticias de la actualidad, ¿verdad? La peli obvia que la sociedad espartana en concreto, y la griega en general, mantenía un dudoso concepto de la libertad, con existencia de esclavos y una cruda historia de enfrentamientos mutuos entre las polis. En definitiva, sería interesante hacer algún tipo de estudio sobre el adoctrinamiento político que se hace desde las pantallas de cine. No obstante, la imagen del imperio persa siempre ha sido mala en la historiografía occidental. Derrotados por los griegos, fueron éstos los encargados de escribir la historia, y evidentemente no dejaron en muy buen lugar a sus otrora enemigos. Sin embargo, a poco que uno arañe la superficie de la realidad histórica persa, encuentra un imperio tolerante con las minorías, con una administración territorial avanzada, una cultura y un arte magníficos y un brillante devenir político y diplomático. En muchos aspectos, el denostado imperio persa es un precedente de lo que con el tiempo será Roma. El único pecado persa fue perder frente a los griegos.
12 de abril de 2011
Bomarzo
"Sandro Benedetto, físico y astrólogo de mi pariente, el ilustre Nicolás Orsini, condottiero a quien, después de su muerte, compararon con los héroes de la Iliada, trazó mi horóscopo el 6 de marzo de 1512, día en que nací, a las dos de la mañana, en Roma".
Decía en la entrada anterior que hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, como avisos que el Destino nos brinda para señalarnos el camino correcto. Bomarzo es uno de ellos. Lo leí por primera vez a los diecisiete años, envuelto en la zozobra de empezar a saberme separado y lejano de cuanto me rodeaba. Su lectura me fascinó. Perdido al comienzo de un laberinto extraño, encontrar al Duque y reconocerme en él ha sido de lo mejor que me ha pasado nunca. Hace casi 500 años (el año que viene, por abril, el Duque cumple 500 años... habrá que ir a Bomarzo para celebrarlo), en un palacio cerca de Roma, alguien que con el tiempo fui yo, nació. Raras veces he sentido tan claro como entonces que leer es una forma de inmortalidad.
En este sentido, todo libro debe tener un autor. La mayoría de las veces, ese autor resulta ser, además, el creador de lo que se cuenta. Otras, muy pocas, el autor no es más que un instrumento a través del cual se hacen presentes los personajes, los hechos, los colores, sonidos y olores de una época que se recobra en una narración.
Bomarzo tiene autor, pero no creador. Ya existía con anterioridad a que Mujica Lainez trazara de nuevo sobre el papel el cruce de laberintos donde el Duque sobrevive. Mujica era plenamente consciente de tal hecho, cuando unos años antes de escribir la novela visitó Bomarzo en la compañía amiga de un poeta y un pintor y supo que había vivido la vida de aquel hombre, Pier Francesco Orsini, y que debía rescatarla del olvido de los siglos.
"Dentro de tanto tiempo que no lo mide lo humano, el Duque se mirará a sí mismo". La profecía de una monja visionaria de Murano, como puede verse, se hizo realidad.
Bomarzo tiene lugar concreto en el mundo. Es un pequeño pueblecito, situado al norte de Viterbo, cerca de Roma. Allí se puede encontrar el Palacio Ducal de los Orsini (por más que los avatares históricos hayan hecho que este Palacio pase por diversas manos) y diversos e interesantes yacimientos etruscos. El Palacio guarda en sus límites el famoso y, afortunadamente, poco conocido, Sacro Bosque de los Monstruos, en el que Pier Francesco Orsini ordenó representar, talladas en roca, escenas de su propia vida.
Para la mayoría de los que contemplan esas esculturas, las mismas no pasan de ser el capricho extravagante de un mecenas caprichoso. Menos mal. Si adivinarán la verdad, si pudieran asomarse por un momento a los insondables delirios de belleza que encierran, Bomarzo dejaría de ser lo que es: el último refugio en la tierra para los Monstruos excluidos.
Dormida la figura del Duque en la memoria del Tiempo, hicieron falta cuatro siglos para que la misma volviese a deslumbrar a los pocos elegidos que le conocen gracias al arte exclusivo y excluyente de un escritor argentino, Manuel Mujica Lainez, pintor de sombras. Aristocrático, dandy, homosexual, coleccionista de objetos con vida, Mujica Lainez es una cumbre dentro de la literatura. Las montañas, y eso lo sabemos desde que a otro genio, Nietzsche, se le ocurrió decirlo, se comunican por las cumbres. Así que Mujica Lainez apenas habla con nadie, excepto con buenos amigos, como Borges y Sábato, con los que, además, y por una de esas raras coincidencias, compartió nacionalidad.
Bomarzo narra la vida de Pier Francesco Orsini. El Duque, pues con el tiempo lo será, pertenece a la tribu de los excluidos, de los sensibles, de los hambrientos de vanidad, de los odiados... Si damos un salto de unos cuantos siglos y nos acordamos de Poe, Edgar Allan, encontramos unos versos (su poema Alone) que el también genial escritor estadounidense escribió para sí pero que son plenamente aplicables a Pier Francesco: "Nunca fui como los otros, ni nunca vi como los otros vieron. Mis pasiones no podía hacer brotar de fuentes iguales a las de ellos. Todo lo que amé, lo amé solo".
Sometido a la dura promesa de la Inmortalidad, la vida de Pier Francesco Orsini transcurre entre la búsqueda permanente de la belleza y la defensa permanente de sí mismo. Es esa mezcla de búsqueda de la hermosura y constante presencia de la destrucción la que otorga a su vida un influjo fascinante, envuelto ese influjo en la existencia enigmática de laberintos dorados, en Roma, en Venecia, en Florencia, en Nápoles, donde el culto a los objetos y al arte es siempre manifiesto. El Duque no tiene una vida lineal, sino que se mueve en una danza arrítmica de rectas quebradas rodeadas de infinitas espirales.
Mujica Lainez, por su parte, contribuye a recrear esa vida literaria otorgándole las ventajas de la pintura. Bomarzo no es una novela, es un cuadro. Un inmenso fresco de esos que podrían adornar alguna sala vaticana. Sus personajes se encuentran descritos con pinceles de luz, prisioneros de esa quietud pictórica, sometidos a inquebrantables leyes de proporción y geometría hasta que de pronto, como si un resorte mágico actuara, todo se pone en movimiento y la vida lo invade todo.
El Duque que escapa y se convierte de nuevo en un ser vivo, sabiendo que la promesa de la Inmortalidad le otorga infinitas ventajas, te recomienda la lectura de su vida. Ediciones hay muchas. Desde las de bolsillo hasta las más correctas de Seix Barral o Círculo de Lectores. Escoge una y léele.
6 de abril de 2011
El domingo del joven triste
El 25 de abril de 1993 se publicó en El País Semanal un artículo de Terenci Moix titulado 'El domingo del joven triste'. Aquel mismo 25 de abril, domingo, yo partía en tren hacia un destino extraño y anómalo, diferente de todo lo que conocía. Era, en cierto modo, una huida hacia adelante, quizá poco meditada, o más bien meditada a medias, sin atender a la verdadera esencia de las cosas, sólo fiando en la apariencia de lo imaginado y con una deplorable, por mi parte, confianza en las propias capacidades. Luego se demostró que aquel viaje y su objeto, el destino y su formulación, resultaron un tremendo error de cálculo, una verdadera falla vital. Y todo ello se derivaba de un problema que suele ser común y recurrente: el error de perspectiva que se produce entre lo que somos, lo que queremos y lo que creemos. Pero todo esto sólo lo supe pasados los años. De momento, quédense con el dato de que ese 25 de abril yo partía en tren hacia un destino inverosimil para mí.
Para hacer más ameno el trayecto y tener algo de lectura compré El País. Las ediciones dominicales, como se sabe, son pródigas en suplementos, lo que me aseguraba lectura para un buen rato. Del viaje en sí recuerdo que el tren estaba lleno, que yo iba cargado como un jumento y que, generoso y caballeresco, aún hube de ayudar a un par de ancianas (o quizá no fuesen tan ancianas) a poner sus enormes maletas en el portamaletas, y pesaban tanto (las maletas de las ancianas, no las ancianas) que los brazos me temblaban por el esfuerzo. Además, recuerdo que mi acompañante de asiento era una hermosa joven, al parecer italiana. Se sentó a mi lado, me sonrío, sacó una botellita de agua que puso en la bandeja y se colocó unos auriculares para oir música. Al rato llegó un jovencito, español, que por lo que pude sospechar había ayudado a la muchacha a subir al tren, quedando funestamente fascinado por la melena rubia de la chica, su juventud y su aire sereno y puro. La invitó a tomar café en el vagón-cafetería, y ella aceptó. Recuerdo la mirada del jovencito cuando me vio sentado al lado de la italiana deliciosa. Una mirada que parecía decir: "ahí debería estar yo". O puede que en el fondo dijera: "es mía, yo la vi primero". O también: "fuera del tren, maldito advenedizo". En fin, que su mirada estaba llena de rivalidad hostil. Pero se fueron. Y estuvieron en la cafetería un buen rato. Y eso me permitió tener más espacio para mi y leer mi periódico con mayor comodidad.
Cuando llegué al artículo de Terenci Moix me quedé extrañamente maravillado. En ese artículo de nombre tan bonito, tan melancólico y evocador, se encerraba una descripción absolutamente certera del desconcierto que la vida me producía. En ese artículo estaba yo, y muchos otros como yo. Por aquel entonces yo ya era consciente de que mi lugar en el mundo era muy poco usual, dado que parecía que no me encontraba en el mundo. Pero actuaba como el enfermo que sabe que algo le pasa pero no sabe el qué. Sufría los síntomas, me reconocía en el ámbito oscuro donde los raros habitamos, y sufría la permanente sospecha de que jamás lograría una integración plena en la sociedad, bien de forma voluntaria o por ser excluído por los otros. Al leer el artículo de Terenci todos aquellos síntomas quedaron aclarados, despejados, explicados bajo la luz tremenda de una revelación, que al mismo tiempo que me absolvía y glorificaba ante los demás (por distinto, por ser único y más valioso que ellos) me condenaba: "siempre serán extraños entre los humanos".
Aquel artículo se me grabó en el alma. Y me salvó. Sabía, de alguna forma, que ya no estaba solo. Que en algún lugar había cientos, miles, de otros jóvenes tristes que sofocaban la incomprensión ajena con libros y películas. Que eran excluídos, como yo. Marginados por decreto de los peores. Que eran catalogados de raros y que despertaban antipatías y recelos, no por ellos mismos, sino porque los demás presentían que eran distintos y mejores. Sí, aquel artículo me salvó. Me ayudó a comprender que mi rareza y mi extrañamiento no eran una tara, un defecto de fábrica, sino algo tremendamente valioso, una auténtica marca de distinción.
Es curioso observar como hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, una especie de aviso, una señal que se manifiesta a todos pero que sólo algunos logran certeramente comprender, ya que se habla para muchos, pero sólo unos pocos escuchan. A mí me pasó con aquel artículo, el cual todavía guardo, como un tesoro. Aquel 25 de abril, en ese momento frontera en que un proyecto, que luego se reveló desastroso, comenzaba, en el que perdido en miles de confusiones escapaba hacía ninguna parte, aquel artículo vino a poner las cosas claras, a dar un aldabonazo de atención, a dejar meridianamente claro que pertenecía a un mundo más rico, por raro, que el resto de los mortales; que me encontraría con muros de incomprensión y ruido, amenazantes sombras de odio y rencor; que siempre estaría solo, pero que, al menos, podría estar maravillosamente solo.
Han pasado ya muchos años desde aquello, y siempre me he sentido reconfortado al pensar que los jóvenes tristes tuvimos una vez un faro que nos iluminó y nos señaló la existencia de los escollos, no para sortearlos, sino apara asumirlos y ser conscientes de que ellos marcan los límites de nuestro valor, y de que frente al acantilado traicionero hay horizontes de luz. Hay que ser coherentes con lo que somos, y somos solitarios, raros, extraños, melancólicos y añorantes. Y por eso mismo, por ser diferentes, por estar metidos de hoz y coz en un mundo ruidoso, facilón y superficial que nos desprecia, somos tremendamente valiosos, por únicos, por alejados, por guardar la esencia de que somos mejores. De la misma manera, diría un castizo, que un diamante destaca en un plato de garbanzos.
El artículo de Terenci os lo regalo a continuación. Si se hace clic se puede ver a mayor tamaño.
Para hacer más ameno el trayecto y tener algo de lectura compré El País. Las ediciones dominicales, como se sabe, son pródigas en suplementos, lo que me aseguraba lectura para un buen rato. Del viaje en sí recuerdo que el tren estaba lleno, que yo iba cargado como un jumento y que, generoso y caballeresco, aún hube de ayudar a un par de ancianas (o quizá no fuesen tan ancianas) a poner sus enormes maletas en el portamaletas, y pesaban tanto (las maletas de las ancianas, no las ancianas) que los brazos me temblaban por el esfuerzo. Además, recuerdo que mi acompañante de asiento era una hermosa joven, al parecer italiana. Se sentó a mi lado, me sonrío, sacó una botellita de agua que puso en la bandeja y se colocó unos auriculares para oir música. Al rato llegó un jovencito, español, que por lo que pude sospechar había ayudado a la muchacha a subir al tren, quedando funestamente fascinado por la melena rubia de la chica, su juventud y su aire sereno y puro. La invitó a tomar café en el vagón-cafetería, y ella aceptó. Recuerdo la mirada del jovencito cuando me vio sentado al lado de la italiana deliciosa. Una mirada que parecía decir: "ahí debería estar yo". O puede que en el fondo dijera: "es mía, yo la vi primero". O también: "fuera del tren, maldito advenedizo". En fin, que su mirada estaba llena de rivalidad hostil. Pero se fueron. Y estuvieron en la cafetería un buen rato. Y eso me permitió tener más espacio para mi y leer mi periódico con mayor comodidad.
Cuando llegué al artículo de Terenci Moix me quedé extrañamente maravillado. En ese artículo de nombre tan bonito, tan melancólico y evocador, se encerraba una descripción absolutamente certera del desconcierto que la vida me producía. En ese artículo estaba yo, y muchos otros como yo. Por aquel entonces yo ya era consciente de que mi lugar en el mundo era muy poco usual, dado que parecía que no me encontraba en el mundo. Pero actuaba como el enfermo que sabe que algo le pasa pero no sabe el qué. Sufría los síntomas, me reconocía en el ámbito oscuro donde los raros habitamos, y sufría la permanente sospecha de que jamás lograría una integración plena en la sociedad, bien de forma voluntaria o por ser excluído por los otros. Al leer el artículo de Terenci todos aquellos síntomas quedaron aclarados, despejados, explicados bajo la luz tremenda de una revelación, que al mismo tiempo que me absolvía y glorificaba ante los demás (por distinto, por ser único y más valioso que ellos) me condenaba: "siempre serán extraños entre los humanos".
Aquel artículo se me grabó en el alma. Y me salvó. Sabía, de alguna forma, que ya no estaba solo. Que en algún lugar había cientos, miles, de otros jóvenes tristes que sofocaban la incomprensión ajena con libros y películas. Que eran excluídos, como yo. Marginados por decreto de los peores. Que eran catalogados de raros y que despertaban antipatías y recelos, no por ellos mismos, sino porque los demás presentían que eran distintos y mejores. Sí, aquel artículo me salvó. Me ayudó a comprender que mi rareza y mi extrañamiento no eran una tara, un defecto de fábrica, sino algo tremendamente valioso, una auténtica marca de distinción.
Es curioso observar como hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, una especie de aviso, una señal que se manifiesta a todos pero que sólo algunos logran certeramente comprender, ya que se habla para muchos, pero sólo unos pocos escuchan. A mí me pasó con aquel artículo, el cual todavía guardo, como un tesoro. Aquel 25 de abril, en ese momento frontera en que un proyecto, que luego se reveló desastroso, comenzaba, en el que perdido en miles de confusiones escapaba hacía ninguna parte, aquel artículo vino a poner las cosas claras, a dar un aldabonazo de atención, a dejar meridianamente claro que pertenecía a un mundo más rico, por raro, que el resto de los mortales; que me encontraría con muros de incomprensión y ruido, amenazantes sombras de odio y rencor; que siempre estaría solo, pero que, al menos, podría estar maravillosamente solo.
Han pasado ya muchos años desde aquello, y siempre me he sentido reconfortado al pensar que los jóvenes tristes tuvimos una vez un faro que nos iluminó y nos señaló la existencia de los escollos, no para sortearlos, sino apara asumirlos y ser conscientes de que ellos marcan los límites de nuestro valor, y de que frente al acantilado traicionero hay horizontes de luz. Hay que ser coherentes con lo que somos, y somos solitarios, raros, extraños, melancólicos y añorantes. Y por eso mismo, por ser diferentes, por estar metidos de hoz y coz en un mundo ruidoso, facilón y superficial que nos desprecia, somos tremendamente valiosos, por únicos, por alejados, por guardar la esencia de que somos mejores. De la misma manera, diría un castizo, que un diamante destaca en un plato de garbanzos.
El artículo de Terenci os lo regalo a continuación. Si se hace clic se puede ver a mayor tamaño.
1 de abril de 2011
Me parece que este es el primer post
Sí, todo parece indicar que este es el primer post.
Se supone que al comienzo de un blog uno ha de indicar por qué lo escribe, para quién lo hace, cuáles son sus intenciones y sus objetivos. Yo no tengo ni idea de cuáles son las respuestas a esas preguntas, que, por lo demás, me parecen extraordinariamente tópicas y absurdas.
Decía Antonio Gala en una entrevista que le hicieron que las dos palabras más bellas del idioma son "YO" y "NO". El "YO" nos otorga personalidad, nos individualiza, nos confiere el don precioso de diferenciarnos de los demás. El "NO" establece una frontera nítida entre sus vidas y la mía. Yo sólo soy yo en la medida en que no soy (o no me dejo ser) como los otros.
Quizá sea por eso por lo que se da comienzo a este blog. No escribo para nadie, sino para mí. Todo lo que en él hay (o habrá) son cosas que leo, veo y pienso. Antes de que todo eso se difumine, como lágrimas en la lluvia, mejor que quedé aquí anotado. Y si alguna vez pasas y lees algo, que sepas que se hizo para mí, y que mi mejor forma de expresarlo fue mostrando que TÚ no eres YO.
Se supone que al comienzo de un blog uno ha de indicar por qué lo escribe, para quién lo hace, cuáles son sus intenciones y sus objetivos. Yo no tengo ni idea de cuáles son las respuestas a esas preguntas, que, por lo demás, me parecen extraordinariamente tópicas y absurdas.
Decía Antonio Gala en una entrevista que le hicieron que las dos palabras más bellas del idioma son "YO" y "NO". El "YO" nos otorga personalidad, nos individualiza, nos confiere el don precioso de diferenciarnos de los demás. El "NO" establece una frontera nítida entre sus vidas y la mía. Yo sólo soy yo en la medida en que no soy (o no me dejo ser) como los otros.
Quizá sea por eso por lo que se da comienzo a este blog. No escribo para nadie, sino para mí. Todo lo que en él hay (o habrá) son cosas que leo, veo y pienso. Antes de que todo eso se difumine, como lágrimas en la lluvia, mejor que quedé aquí anotado. Y si alguna vez pasas y lees algo, que sepas que se hizo para mí, y que mi mejor forma de expresarlo fue mostrando que TÚ no eres YO.
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