30 de abril de 2011
El nombre de la rosa
Escribir un pequeño texto recomendando la lectura de este libro es difícil, por dos motivos: por lo conocido que es y por la gran cantidad de planos de lectura diferentes (y complementarios) que sus páginas ofrecen.
Para la mayoría el libro encierra una historia de detectives y criminales, siquiera que trasladados al aislado escenario de un monasterio medieval. Guillermo de Baskerville, ayudado por Adso de Melk, un novicio, investiga los terribles asesinatos que están teniendo lugar en una abadía benedictina. Esas muertes parecen tener relación con la posesión de un libro prohibido, el segundo libro de la Poética de Aristóteles. ¿Por qué los monjes matan y mueren por ese libro? Guillermo de Baskerville, si te tomas la molestia de acompañarle, te lo explicará.
Pero creo que hay más cosas en esta fenomenal novela aparte de esa acción detectivesca.Sus planos de lectura, como dije antes, son tantos que podemos tomar diversos puntos de vista. Buena parte de los mismos son mencionados por el propio Umberto Eco en las Apostillas a El nombre de la rosa, muy recomendables de leer también.
1. La intertextualidad: salvaje palabra muy de moda con la que algunos incluso quieren disimular cierta tendencia al plagio. En El nombre de la rosa hay intertextualidad por todas partes. Menciones a otros autores, referencias a mitos de la literatura universal, fragmentos de otras obras ocultos en el texto de la novela... Probablemente es en los personajes donde mejor observamos este juego laberíntico de referencias cruzadas. A título de ejemplo:
Guillermo de Baskerville, trasunto de Guillermo de Ockham adornado con la referencia a El perro de los Baskerville, donde Sherlock Holmes aparece por primera vez. Guillermo es una mente analítica, fría, inteligente, como lo eran muchas de las mentes franciscanas del Medievo, como el propio Ockham o Francis Bacon, que creía en una ciencia positiva alejada del oscurantismo religioso de la época. Creo que referencias a eso hay en El nombre de la rosa, cuando Fray Guillemo utiliza sus instrumentos para observar las estrellas y alude a la posibilidad de hacer máquinas que no atenten contra el orden divino.
Adso de Melk: como Holmes tiene a Watson, Guillermo de Baskerville tiene a Adso, joven novicio que le acompaña. Es Adso el cronista de la historia, narrada mucho después de ocurrir los hechos. Adso proviene del latín Adsum, traducible como "doy testimonio", o "doy fe". Genial nombre para un cronista, como puede verse. Por cierto, que quien tenga la suerte de ir a Melk debe echar un vistazo al monasterio allí existente.
Salvatore: un monje jorobado, antiguo fratticello, acogido en la abadía benedictina como ayudante del cillerero. Habla una multitud de lenguas, sin orden ni concierto. Un personaje jorobado que encuentra su alter ego literario en el jorobado de Notre Dame y que tiene otro alter ego más real en Salvatore Quasimodo, premio nobel de literatura y gran poeta italiano. Y, por supuesto, jorobado.
Jorge de Burgos: el monje ciego, antiguo bibliotecario, que guarda en su cabeza todos los libros y que sabe el secreto del libro prohibido. Es para mí el personaje más logrado. La mente maléfica que gobierna el monasterio desde las tinieblas de su ceguera. Es copia fiel de un grande de las letras, Jorge Luis Borges, una de las encarnaciones de Dios. Borges fue bibliotecario en su juventud, era ciego y también guardaba en su prodigiosa memoria bibliotecas enteras.
2. La metáfora: El nombre de la rosa es un libro de frontera entre dos épocas, la Edad Media y el Renacimiento. La Edad Media está representada por el monasterio y sus monjes. Es una construcción imponente, sólida, maciza, guardiana de la ortodoxia. Sus monjes son pequeños obreros que contribuyen con su esfuerzo a que ese edificio siga en pie. Pero fuera de sus muros se respiran otros aires. Las ciudades comienzan a recuperarse del estancamiento que vivieron en los siglos anteriores y nuevas clases sociales pugnan por abrirse camino. En ese ambiente de renovación el monasterio y lo que representa es más un obstáculo que otra cosa. La cultura, el comercio, la política, todo empezará a regirse desde la ciudad. ¿Qué mejor para acabar con la Edad Media que un incendio? El fuego purificador destruye el monstruo de piedra que es el monasterio. Arden sus libros y sus monjes, todo queda destruido. A partir de ahí, sólo hay un camino: el Renacimiento. Creo que como alegoría del final de una época ese incendio con el que acaba el libro es bello.
3. La filosofía: ¿todos somos nombres? ¿No hay nada más allá? ¿nominalismo versus Escolástica? No obstante, habría que tener en cuenta algunas sugerencias que Umberto Eco hace de la posible raíz gnóstica del nominalismo como sistema filosófico, sobre todo al referirse a algunas de las herejías de la época.
Aparte de los anteriores, hay muchos más planos de lectura en El nombre de la rosa. No olvides que es un libro que trata de laberintos, tanto humanos como arquitectónicos como del conocimiento, y que por tanto, como en todo laberinto que se precie, nunca se llega al centro y todo, practicamente, queda por descubrir. Coge una edición, que las hay abundantes y de todos los precios, y date un paseo por alguno de sus enigmas.
24 de abril de 2011
La ofensa
Es curioso e interesante este libro de Ricardo Menéndez Salmón. Curioso, interesante y, a pesar de su brevedad, difícil.
Es curioso porque no es muy habitual que escritores españoles sitúen la trama de una novela en plena segunda guerra mundial. Sí hay algún título reciente que traslada la acción a este conflicto bélico, pero en un ambiente mucho más "español": el de la División Azul, como hace Ignacio del Valle en El tiempo de los emperadores extraños, en Alfaguara. Pero este de Menéndez Salmón es el primero, que yo sepa, que escoge la segunda guerra mundial como trasfondo histórico y, además, desde el bando alemán. No en vano el protagonista es un joven sastre que pasa a formar parte de una división blindada germana.
Es interesante porque la historia que cuenta, lejos de las grandes hazañas militares, de los discursos patrióticos y altaneros, de todo ese ruido, confusión y espanto que la guerra genera, nos muestra la trayectoria de un joven que ve su vida truncada por el estallido de la guerra; que, a su vez, ve su vida militar truncada por la participación en una acción de castigo contra una población francesa; y que ve su posterior vida, primero como paciente en el sanatorio en el que reposa y luego como refugiado con nombre falso en Londres, truncada por la reaparición, como fantasmas que emergen de la niebla, de los personajes y mentalidades que estuvieron presentes en el estallido de su pasado militar. Y todo ello cuando ese personaje, Kurt Crüwell, a raiz de los sucesos que vive como soldado, sufre la rara enfermedad de una perdida absoluta de sensibilidad, no ya física, sino también emocional. Es alguien a quien ni el dolor ni el placer alteran, que no participa ya de las alegrías ni las tristezas que el mundo ofrece, porque no las siente.
Y es un libro difícil. Por su lenguaje, preciso como un perfume, ciertamente barroco, preciosista en las descripciones, en la atmósfera con la que rodea a los personajes, desde el suave rumor de los bosques franceses hasta el frío y lluvioso Londres. Pero es, sobre todo, difícil por su interpretación. No basta con ver en La ofensa la mera historia de un soldado que se ve aquejado de la rara enfermedad de una insensibilidad absoluta. No basta con reducir la historia a un único individuo, por más que trate de un individuo único. Al contrario, La ofensa es una metáfora de toda una época de la historia de Europa. De una Europa que sucumbió a los cantos de sirena que, envueltos en sueños de grandeza y dominación, proyectaba el régimen totalitario nazi, quintaesencia del mal, no por la maldad en sí, sino por la deshumanización a que sometió a tantos millones de personas. Kurt Crüwell es un símbolo, espejo de toda la población europea, que a base de sufrir horrores durante la guerra, acabó cayendo en el peor de los males: la indiferencia, representada aquí por la insensibilidad que sufre Crüwell. Pero lejos de ser una indiferencia neutral, un no importar lo que pasa, el acostumbrarse a la cercanía del mal, es una indiferencia culpable, como demuestra el hecho de que al cruzarse casualmente con su antiguo capitán en Londrés, ya acabada la guerra, Crüwell es capaz, otra vez, de seguir la senda de esos hombres que hablan su idioma materno para adentrarse, de nuevo, en la rememoración del horror pasado, de los hechos que le condenaron a la insensibilidad. Y todo eso, como bien se narra, con la esperanza de encontrarla a ella, una atractiva mujer, vestida con la suavidad de la seda pero con brillos metálicos, como el sastre Crüwell sabe reconocer, y que no es más que el reflejo de una sociedad que ha sabido refinar sus métodos de causar el mal hasta niveles industriales: la belleza que atrae en la fría y metálica máquina que asesina.
Crüwell muere, por supuesto, desde el momento en que vuelve a vivir el horror de las ejecuciones y los asesinatos, pero no es la muerte de un individuo, sino la de toda una sociedad, la de toda una mentalidad: la de aquella que pudiendo extasiarse con la pintura, con la literatura, con el arte modernos, con el paisaje, con todo aquello que la sociedad ofrece de bueno, abandona la ingenuidad que lleva a la felicidad y se sumerge en el miedo colectivo, en el temor industrializado, en una deshumanización profunda pero que, al mismo tiempo, como la mujer del vestido de seda con brillos metálicos, produce atracción.
La ofensa está publicada por Seix Barral, en su colección Biblioteca Breve.
18 de abril de 2011
Hoy, una de cine: 300
Aunque la película 300 tiene ya unos años, la vi hace poco, a raíz de haber estado estudiando algo sobre los persas y sus relaciones con los griegos. Por si no lo saben, les diré que es la adaptación de un cómic del dibujante Frank Miller. No es la primera vez que este artista ve llevada al cine alguna de sus obras. Quizá recuerden que se hizo una, para mi gusto magnífica, adaptación de Sin City, protagonizada por Bruce Willis y Micky Rourke y dirigida por Robert Rodríguez y, para algunas escenas, Quentin Tarantino.
300 relata la extraordinaria gesta protagonizada en el año 489 a. C. por un puñado de guerreros espartanos, que en número de trescientos y dirigidos por su rey Leónidas, hicieron frente a un ejército persa muy superior en número comandado por el rey Jerjes. Leónidas y los suyos resistieron a los persas en el estrecho paso de las Termópilas, impidiendo el avance enemigo y permitiendo que las polis griegas se unieran contra el invasor.
La película, dirigida por Zack Snyder (del que les recomiendo, si les gusta el cine un poco gore y claustrofóbico, su estupenda El amanecer de los muertos), es una adaptación fiel del cómic de Miller. Cualquiera que haya tenido éste en sus manos puede reconocer que hay escenas que son idénticas a los dibujos, habiéndose respetado la estética original. Ello hace de 300 una película de imágenes impactantes, de una rara belleza, con una plástica barroca y efectista. La recreación de los personajes es también similar a la que se ve en el cómic, desde la heroicidad espartana hasta el hedonismo de la corte persa, con la genial recreación de la figura de Jerjes. Por supuesto, cualquier atisbo de rigor histórico ha de ser obviado, puesto que ni los persas ni los espartanos se comportaban en combate tal como en la película se cuenta. De hecho, tampoco fueron 300 espartanos los que en solitario se enfrentaron a Jerjes, sino que se vieron apoyados por unos cientos más de griegos pertenecientes a otras polis.
En este enlace puedes ver el tráiler en español. Y en este otro puedes verlo en su idioma original, muy superior al español porque la traducción es, como casi siempre, muy mejorable.
300 relata la extraordinaria gesta protagonizada en el año 489 a. C. por un puñado de guerreros espartanos, que en número de trescientos y dirigidos por su rey Leónidas, hicieron frente a un ejército persa muy superior en número comandado por el rey Jerjes. Leónidas y los suyos resistieron a los persas en el estrecho paso de las Termópilas, impidiendo el avance enemigo y permitiendo que las polis griegas se unieran contra el invasor.
La película, dirigida por Zack Snyder (del que les recomiendo, si les gusta el cine un poco gore y claustrofóbico, su estupenda El amanecer de los muertos), es una adaptación fiel del cómic de Miller. Cualquiera que haya tenido éste en sus manos puede reconocer que hay escenas que son idénticas a los dibujos, habiéndose respetado la estética original. Ello hace de 300 una película de imágenes impactantes, de una rara belleza, con una plástica barroca y efectista. La recreación de los personajes es también similar a la que se ve en el cómic, desde la heroicidad espartana hasta el hedonismo de la corte persa, con la genial recreación de la figura de Jerjes. Por supuesto, cualquier atisbo de rigor histórico ha de ser obviado, puesto que ni los persas ni los espartanos se comportaban en combate tal como en la película se cuenta. De hecho, tampoco fueron 300 espartanos los que en solitario se enfrentaron a Jerjes, sino que se vieron apoyados por unos cientos más de griegos pertenecientes a otras polis.
En este enlace puedes ver el tráiler en español. Y en este otro puedes verlo en su idioma original, muy superior al español porque la traducción es, como casi siempre, muy mejorable.
Por su estética y su dinamismo, 300 es una película original y extravagante, al estilo de Matrix. Como en esta última, también se utilizan aquí las ralentizaciones de la escenas, sobre todo de combate, para darles mayor carga expresiva. Es, sobre todo, una película de guerra, con sangrientas imágenes de batalla, una verdadera carnicería. Aún así, no se trata simplemente de mostrar a un puñado de hombres en lucha, sino que estas escenas de combate se tratan como si de una coreografía se tratase. El resultado es de una belleza cruel, una mezcla de hermosura y muerte, similar a la que se ve en otras películas, como La reina Margot o El señor de los anillos.
Aunque adaptación de un cómic, y aunque trate de asuntos ocurridos tanto tiempo, lo cierto es que 300, con toda su belleza y originalidad, incorpora también un mensaje bastante moderno y actual, y ciertamente manipulador. Los espartanos y su lucha se presentan como el bastión de la resistencia frente al invasor oriental. Los hoplitas luchan por la libertad, por las leyes, en contra de la esclavitud hedonista que representan Jerjes y su imperio. Abundan los discursos patrióticos, siempre con la palabra "libertad" mencionada decenas de veces, y lanzada siempre contra el invasor "iraní", que quiere apoderarse de ella y reducir a Grecia, y por tanto a Occidente, a la servidumbre. En estos tiempos en que el nuevo enemigo de Occidente es un Irán que fabrica armas nucleares, no cabe duda que 300 aporta su granito de arena a la hora de mostrar ese mundo dividido en buenos y malos que algunos nos quieren hacer ver. Los buenos seremos nosotros, claro, los defensores de la libertad, los capaces de actos heróicos, hasta el sacrificio si es necesario. El malo siempre será el iraní, el que viene de oriente, y que frente a nuestro modo de vida sólo ofrece esclavitud y destrucción. Curiosos paralelismos con las noticias de la actualidad, ¿verdad? La peli obvia que la sociedad espartana en concreto, y la griega en general, mantenía un dudoso concepto de la libertad, con existencia de esclavos y una cruda historia de enfrentamientos mutuos entre las polis. En definitiva, sería interesante hacer algún tipo de estudio sobre el adoctrinamiento político que se hace desde las pantallas de cine. No obstante, la imagen del imperio persa siempre ha sido mala en la historiografía occidental. Derrotados por los griegos, fueron éstos los encargados de escribir la historia, y evidentemente no dejaron en muy buen lugar a sus otrora enemigos. Sin embargo, a poco que uno arañe la superficie de la realidad histórica persa, encuentra un imperio tolerante con las minorías, con una administración territorial avanzada, una cultura y un arte magníficos y un brillante devenir político y diplomático. En muchos aspectos, el denostado imperio persa es un precedente de lo que con el tiempo será Roma. El único pecado persa fue perder frente a los griegos.
12 de abril de 2011
Bomarzo
"Sandro Benedetto, físico y astrólogo de mi pariente, el ilustre Nicolás Orsini, condottiero a quien, después de su muerte, compararon con los héroes de la Iliada, trazó mi horóscopo el 6 de marzo de 1512, día en que nací, a las dos de la mañana, en Roma".
Decía en la entrada anterior que hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, como avisos que el Destino nos brinda para señalarnos el camino correcto. Bomarzo es uno de ellos. Lo leí por primera vez a los diecisiete años, envuelto en la zozobra de empezar a saberme separado y lejano de cuanto me rodeaba. Su lectura me fascinó. Perdido al comienzo de un laberinto extraño, encontrar al Duque y reconocerme en él ha sido de lo mejor que me ha pasado nunca. Hace casi 500 años (el año que viene, por abril, el Duque cumple 500 años... habrá que ir a Bomarzo para celebrarlo), en un palacio cerca de Roma, alguien que con el tiempo fui yo, nació. Raras veces he sentido tan claro como entonces que leer es una forma de inmortalidad.
En este sentido, todo libro debe tener un autor. La mayoría de las veces, ese autor resulta ser, además, el creador de lo que se cuenta. Otras, muy pocas, el autor no es más que un instrumento a través del cual se hacen presentes los personajes, los hechos, los colores, sonidos y olores de una época que se recobra en una narración.
Bomarzo tiene autor, pero no creador. Ya existía con anterioridad a que Mujica Lainez trazara de nuevo sobre el papel el cruce de laberintos donde el Duque sobrevive. Mujica era plenamente consciente de tal hecho, cuando unos años antes de escribir la novela visitó Bomarzo en la compañía amiga de un poeta y un pintor y supo que había vivido la vida de aquel hombre, Pier Francesco Orsini, y que debía rescatarla del olvido de los siglos.
"Dentro de tanto tiempo que no lo mide lo humano, el Duque se mirará a sí mismo". La profecía de una monja visionaria de Murano, como puede verse, se hizo realidad.
Bomarzo tiene lugar concreto en el mundo. Es un pequeño pueblecito, situado al norte de Viterbo, cerca de Roma. Allí se puede encontrar el Palacio Ducal de los Orsini (por más que los avatares históricos hayan hecho que este Palacio pase por diversas manos) y diversos e interesantes yacimientos etruscos. El Palacio guarda en sus límites el famoso y, afortunadamente, poco conocido, Sacro Bosque de los Monstruos, en el que Pier Francesco Orsini ordenó representar, talladas en roca, escenas de su propia vida.
Para la mayoría de los que contemplan esas esculturas, las mismas no pasan de ser el capricho extravagante de un mecenas caprichoso. Menos mal. Si adivinarán la verdad, si pudieran asomarse por un momento a los insondables delirios de belleza que encierran, Bomarzo dejaría de ser lo que es: el último refugio en la tierra para los Monstruos excluidos.
Dormida la figura del Duque en la memoria del Tiempo, hicieron falta cuatro siglos para que la misma volviese a deslumbrar a los pocos elegidos que le conocen gracias al arte exclusivo y excluyente de un escritor argentino, Manuel Mujica Lainez, pintor de sombras. Aristocrático, dandy, homosexual, coleccionista de objetos con vida, Mujica Lainez es una cumbre dentro de la literatura. Las montañas, y eso lo sabemos desde que a otro genio, Nietzsche, se le ocurrió decirlo, se comunican por las cumbres. Así que Mujica Lainez apenas habla con nadie, excepto con buenos amigos, como Borges y Sábato, con los que, además, y por una de esas raras coincidencias, compartió nacionalidad.
Bomarzo narra la vida de Pier Francesco Orsini. El Duque, pues con el tiempo lo será, pertenece a la tribu de los excluidos, de los sensibles, de los hambrientos de vanidad, de los odiados... Si damos un salto de unos cuantos siglos y nos acordamos de Poe, Edgar Allan, encontramos unos versos (su poema Alone) que el también genial escritor estadounidense escribió para sí pero que son plenamente aplicables a Pier Francesco: "Nunca fui como los otros, ni nunca vi como los otros vieron. Mis pasiones no podía hacer brotar de fuentes iguales a las de ellos. Todo lo que amé, lo amé solo".
Sometido a la dura promesa de la Inmortalidad, la vida de Pier Francesco Orsini transcurre entre la búsqueda permanente de la belleza y la defensa permanente de sí mismo. Es esa mezcla de búsqueda de la hermosura y constante presencia de la destrucción la que otorga a su vida un influjo fascinante, envuelto ese influjo en la existencia enigmática de laberintos dorados, en Roma, en Venecia, en Florencia, en Nápoles, donde el culto a los objetos y al arte es siempre manifiesto. El Duque no tiene una vida lineal, sino que se mueve en una danza arrítmica de rectas quebradas rodeadas de infinitas espirales.
Mujica Lainez, por su parte, contribuye a recrear esa vida literaria otorgándole las ventajas de la pintura. Bomarzo no es una novela, es un cuadro. Un inmenso fresco de esos que podrían adornar alguna sala vaticana. Sus personajes se encuentran descritos con pinceles de luz, prisioneros de esa quietud pictórica, sometidos a inquebrantables leyes de proporción y geometría hasta que de pronto, como si un resorte mágico actuara, todo se pone en movimiento y la vida lo invade todo.
El Duque que escapa y se convierte de nuevo en un ser vivo, sabiendo que la promesa de la Inmortalidad le otorga infinitas ventajas, te recomienda la lectura de su vida. Ediciones hay muchas. Desde las de bolsillo hasta las más correctas de Seix Barral o Círculo de Lectores. Escoge una y léele.
6 de abril de 2011
El domingo del joven triste
El 25 de abril de 1993 se publicó en El País Semanal un artículo de Terenci Moix titulado 'El domingo del joven triste'. Aquel mismo 25 de abril, domingo, yo partía en tren hacia un destino extraño y anómalo, diferente de todo lo que conocía. Era, en cierto modo, una huida hacia adelante, quizá poco meditada, o más bien meditada a medias, sin atender a la verdadera esencia de las cosas, sólo fiando en la apariencia de lo imaginado y con una deplorable, por mi parte, confianza en las propias capacidades. Luego se demostró que aquel viaje y su objeto, el destino y su formulación, resultaron un tremendo error de cálculo, una verdadera falla vital. Y todo ello se derivaba de un problema que suele ser común y recurrente: el error de perspectiva que se produce entre lo que somos, lo que queremos y lo que creemos. Pero todo esto sólo lo supe pasados los años. De momento, quédense con el dato de que ese 25 de abril yo partía en tren hacia un destino inverosimil para mí.
Para hacer más ameno el trayecto y tener algo de lectura compré El País. Las ediciones dominicales, como se sabe, son pródigas en suplementos, lo que me aseguraba lectura para un buen rato. Del viaje en sí recuerdo que el tren estaba lleno, que yo iba cargado como un jumento y que, generoso y caballeresco, aún hube de ayudar a un par de ancianas (o quizá no fuesen tan ancianas) a poner sus enormes maletas en el portamaletas, y pesaban tanto (las maletas de las ancianas, no las ancianas) que los brazos me temblaban por el esfuerzo. Además, recuerdo que mi acompañante de asiento era una hermosa joven, al parecer italiana. Se sentó a mi lado, me sonrío, sacó una botellita de agua que puso en la bandeja y se colocó unos auriculares para oir música. Al rato llegó un jovencito, español, que por lo que pude sospechar había ayudado a la muchacha a subir al tren, quedando funestamente fascinado por la melena rubia de la chica, su juventud y su aire sereno y puro. La invitó a tomar café en el vagón-cafetería, y ella aceptó. Recuerdo la mirada del jovencito cuando me vio sentado al lado de la italiana deliciosa. Una mirada que parecía decir: "ahí debería estar yo". O puede que en el fondo dijera: "es mía, yo la vi primero". O también: "fuera del tren, maldito advenedizo". En fin, que su mirada estaba llena de rivalidad hostil. Pero se fueron. Y estuvieron en la cafetería un buen rato. Y eso me permitió tener más espacio para mi y leer mi periódico con mayor comodidad.
Cuando llegué al artículo de Terenci Moix me quedé extrañamente maravillado. En ese artículo de nombre tan bonito, tan melancólico y evocador, se encerraba una descripción absolutamente certera del desconcierto que la vida me producía. En ese artículo estaba yo, y muchos otros como yo. Por aquel entonces yo ya era consciente de que mi lugar en el mundo era muy poco usual, dado que parecía que no me encontraba en el mundo. Pero actuaba como el enfermo que sabe que algo le pasa pero no sabe el qué. Sufría los síntomas, me reconocía en el ámbito oscuro donde los raros habitamos, y sufría la permanente sospecha de que jamás lograría una integración plena en la sociedad, bien de forma voluntaria o por ser excluído por los otros. Al leer el artículo de Terenci todos aquellos síntomas quedaron aclarados, despejados, explicados bajo la luz tremenda de una revelación, que al mismo tiempo que me absolvía y glorificaba ante los demás (por distinto, por ser único y más valioso que ellos) me condenaba: "siempre serán extraños entre los humanos".
Aquel artículo se me grabó en el alma. Y me salvó. Sabía, de alguna forma, que ya no estaba solo. Que en algún lugar había cientos, miles, de otros jóvenes tristes que sofocaban la incomprensión ajena con libros y películas. Que eran excluídos, como yo. Marginados por decreto de los peores. Que eran catalogados de raros y que despertaban antipatías y recelos, no por ellos mismos, sino porque los demás presentían que eran distintos y mejores. Sí, aquel artículo me salvó. Me ayudó a comprender que mi rareza y mi extrañamiento no eran una tara, un defecto de fábrica, sino algo tremendamente valioso, una auténtica marca de distinción.
Es curioso observar como hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, una especie de aviso, una señal que se manifiesta a todos pero que sólo algunos logran certeramente comprender, ya que se habla para muchos, pero sólo unos pocos escuchan. A mí me pasó con aquel artículo, el cual todavía guardo, como un tesoro. Aquel 25 de abril, en ese momento frontera en que un proyecto, que luego se reveló desastroso, comenzaba, en el que perdido en miles de confusiones escapaba hacía ninguna parte, aquel artículo vino a poner las cosas claras, a dar un aldabonazo de atención, a dejar meridianamente claro que pertenecía a un mundo más rico, por raro, que el resto de los mortales; que me encontraría con muros de incomprensión y ruido, amenazantes sombras de odio y rencor; que siempre estaría solo, pero que, al menos, podría estar maravillosamente solo.
Han pasado ya muchos años desde aquello, y siempre me he sentido reconfortado al pensar que los jóvenes tristes tuvimos una vez un faro que nos iluminó y nos señaló la existencia de los escollos, no para sortearlos, sino apara asumirlos y ser conscientes de que ellos marcan los límites de nuestro valor, y de que frente al acantilado traicionero hay horizontes de luz. Hay que ser coherentes con lo que somos, y somos solitarios, raros, extraños, melancólicos y añorantes. Y por eso mismo, por ser diferentes, por estar metidos de hoz y coz en un mundo ruidoso, facilón y superficial que nos desprecia, somos tremendamente valiosos, por únicos, por alejados, por guardar la esencia de que somos mejores. De la misma manera, diría un castizo, que un diamante destaca en un plato de garbanzos.
El artículo de Terenci os lo regalo a continuación. Si se hace clic se puede ver a mayor tamaño.
Para hacer más ameno el trayecto y tener algo de lectura compré El País. Las ediciones dominicales, como se sabe, son pródigas en suplementos, lo que me aseguraba lectura para un buen rato. Del viaje en sí recuerdo que el tren estaba lleno, que yo iba cargado como un jumento y que, generoso y caballeresco, aún hube de ayudar a un par de ancianas (o quizá no fuesen tan ancianas) a poner sus enormes maletas en el portamaletas, y pesaban tanto (las maletas de las ancianas, no las ancianas) que los brazos me temblaban por el esfuerzo. Además, recuerdo que mi acompañante de asiento era una hermosa joven, al parecer italiana. Se sentó a mi lado, me sonrío, sacó una botellita de agua que puso en la bandeja y se colocó unos auriculares para oir música. Al rato llegó un jovencito, español, que por lo que pude sospechar había ayudado a la muchacha a subir al tren, quedando funestamente fascinado por la melena rubia de la chica, su juventud y su aire sereno y puro. La invitó a tomar café en el vagón-cafetería, y ella aceptó. Recuerdo la mirada del jovencito cuando me vio sentado al lado de la italiana deliciosa. Una mirada que parecía decir: "ahí debería estar yo". O puede que en el fondo dijera: "es mía, yo la vi primero". O también: "fuera del tren, maldito advenedizo". En fin, que su mirada estaba llena de rivalidad hostil. Pero se fueron. Y estuvieron en la cafetería un buen rato. Y eso me permitió tener más espacio para mi y leer mi periódico con mayor comodidad.
Cuando llegué al artículo de Terenci Moix me quedé extrañamente maravillado. En ese artículo de nombre tan bonito, tan melancólico y evocador, se encerraba una descripción absolutamente certera del desconcierto que la vida me producía. En ese artículo estaba yo, y muchos otros como yo. Por aquel entonces yo ya era consciente de que mi lugar en el mundo era muy poco usual, dado que parecía que no me encontraba en el mundo. Pero actuaba como el enfermo que sabe que algo le pasa pero no sabe el qué. Sufría los síntomas, me reconocía en el ámbito oscuro donde los raros habitamos, y sufría la permanente sospecha de que jamás lograría una integración plena en la sociedad, bien de forma voluntaria o por ser excluído por los otros. Al leer el artículo de Terenci todos aquellos síntomas quedaron aclarados, despejados, explicados bajo la luz tremenda de una revelación, que al mismo tiempo que me absolvía y glorificaba ante los demás (por distinto, por ser único y más valioso que ellos) me condenaba: "siempre serán extraños entre los humanos".
Aquel artículo se me grabó en el alma. Y me salvó. Sabía, de alguna forma, que ya no estaba solo. Que en algún lugar había cientos, miles, de otros jóvenes tristes que sofocaban la incomprensión ajena con libros y películas. Que eran excluídos, como yo. Marginados por decreto de los peores. Que eran catalogados de raros y que despertaban antipatías y recelos, no por ellos mismos, sino porque los demás presentían que eran distintos y mejores. Sí, aquel artículo me salvó. Me ayudó a comprender que mi rareza y mi extrañamiento no eran una tara, un defecto de fábrica, sino algo tremendamente valioso, una auténtica marca de distinción.
Es curioso observar como hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, una especie de aviso, una señal que se manifiesta a todos pero que sólo algunos logran certeramente comprender, ya que se habla para muchos, pero sólo unos pocos escuchan. A mí me pasó con aquel artículo, el cual todavía guardo, como un tesoro. Aquel 25 de abril, en ese momento frontera en que un proyecto, que luego se reveló desastroso, comenzaba, en el que perdido en miles de confusiones escapaba hacía ninguna parte, aquel artículo vino a poner las cosas claras, a dar un aldabonazo de atención, a dejar meridianamente claro que pertenecía a un mundo más rico, por raro, que el resto de los mortales; que me encontraría con muros de incomprensión y ruido, amenazantes sombras de odio y rencor; que siempre estaría solo, pero que, al menos, podría estar maravillosamente solo.
Han pasado ya muchos años desde aquello, y siempre me he sentido reconfortado al pensar que los jóvenes tristes tuvimos una vez un faro que nos iluminó y nos señaló la existencia de los escollos, no para sortearlos, sino apara asumirlos y ser conscientes de que ellos marcan los límites de nuestro valor, y de que frente al acantilado traicionero hay horizontes de luz. Hay que ser coherentes con lo que somos, y somos solitarios, raros, extraños, melancólicos y añorantes. Y por eso mismo, por ser diferentes, por estar metidos de hoz y coz en un mundo ruidoso, facilón y superficial que nos desprecia, somos tremendamente valiosos, por únicos, por alejados, por guardar la esencia de que somos mejores. De la misma manera, diría un castizo, que un diamante destaca en un plato de garbanzos.
El artículo de Terenci os lo regalo a continuación. Si se hace clic se puede ver a mayor tamaño.
1 de abril de 2011
Me parece que este es el primer post
Sí, todo parece indicar que este es el primer post.
Se supone que al comienzo de un blog uno ha de indicar por qué lo escribe, para quién lo hace, cuáles son sus intenciones y sus objetivos. Yo no tengo ni idea de cuáles son las respuestas a esas preguntas, que, por lo demás, me parecen extraordinariamente tópicas y absurdas.
Decía Antonio Gala en una entrevista que le hicieron que las dos palabras más bellas del idioma son "YO" y "NO". El "YO" nos otorga personalidad, nos individualiza, nos confiere el don precioso de diferenciarnos de los demás. El "NO" establece una frontera nítida entre sus vidas y la mía. Yo sólo soy yo en la medida en que no soy (o no me dejo ser) como los otros.
Quizá sea por eso por lo que se da comienzo a este blog. No escribo para nadie, sino para mí. Todo lo que en él hay (o habrá) son cosas que leo, veo y pienso. Antes de que todo eso se difumine, como lágrimas en la lluvia, mejor que quedé aquí anotado. Y si alguna vez pasas y lees algo, que sepas que se hizo para mí, y que mi mejor forma de expresarlo fue mostrando que TÚ no eres YO.
Se supone que al comienzo de un blog uno ha de indicar por qué lo escribe, para quién lo hace, cuáles son sus intenciones y sus objetivos. Yo no tengo ni idea de cuáles son las respuestas a esas preguntas, que, por lo demás, me parecen extraordinariamente tópicas y absurdas.
Decía Antonio Gala en una entrevista que le hicieron que las dos palabras más bellas del idioma son "YO" y "NO". El "YO" nos otorga personalidad, nos individualiza, nos confiere el don precioso de diferenciarnos de los demás. El "NO" establece una frontera nítida entre sus vidas y la mía. Yo sólo soy yo en la medida en que no soy (o no me dejo ser) como los otros.
Quizá sea por eso por lo que se da comienzo a este blog. No escribo para nadie, sino para mí. Todo lo que en él hay (o habrá) son cosas que leo, veo y pienso. Antes de que todo eso se difumine, como lágrimas en la lluvia, mejor que quedé aquí anotado. Y si alguna vez pasas y lees algo, que sepas que se hizo para mí, y que mi mejor forma de expresarlo fue mostrando que TÚ no eres YO.
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