6 de abril de 2011

El domingo del joven triste

El 25 de abril de 1993 se publicó en El País Semanal un artículo de Terenci Moix titulado 'El domingo del joven triste'. Aquel mismo 25 de abril, domingo, yo partía en tren hacia un destino extraño y anómalo, diferente de todo lo que conocía. Era, en cierto modo, una huida hacia adelante, quizá poco meditada, o más bien meditada a medias, sin atender a la verdadera esencia de las cosas, sólo fiando en la apariencia de lo imaginado y con una deplorable, por mi parte, confianza en las propias capacidades. Luego se demostró que aquel viaje y su objeto, el destino y su formulación, resultaron un tremendo error de cálculo, una verdadera falla vital. Y todo ello se derivaba de un problema que suele ser común y recurrente: el error de perspectiva que se produce entre lo que somos, lo que queremos y lo que creemos. Pero todo esto sólo lo supe pasados los años. De momento, quédense con el dato de que ese 25 de abril yo partía en tren hacia un destino inverosimil para mí.

Para hacer más ameno el trayecto y tener algo de lectura compré El País. Las ediciones dominicales, como se sabe, son pródigas en suplementos, lo que me aseguraba lectura para un buen rato. Del viaje en sí recuerdo que el tren estaba lleno, que yo iba cargado como un jumento y que, generoso y caballeresco, aún hube de ayudar a un par de ancianas (o quizá no fuesen tan ancianas) a poner sus enormes maletas en el portamaletas, y pesaban tanto (las maletas de las ancianas, no las ancianas) que los brazos me temblaban por el esfuerzo. Además, recuerdo que mi acompañante de asiento era una hermosa joven, al parecer italiana. Se sentó a mi lado, me sonrío, sacó una botellita de agua que puso en la bandeja y se colocó unos auriculares para oir música. Al rato llegó un jovencito, español, que por lo que pude sospechar había ayudado a la muchacha a subir al tren, quedando funestamente fascinado por la melena rubia de la chica, su juventud y su aire sereno y puro. La invitó a tomar café en el vagón-cafetería, y ella aceptó. Recuerdo la mirada del jovencito cuando me vio sentado al lado de la italiana deliciosa. Una mirada que parecía decir: "ahí debería estar yo". O puede que en el fondo dijera: "es mía, yo la vi primero". O también: "fuera del tren, maldito advenedizo". En fin, que su mirada estaba llena de rivalidad hostil. Pero se fueron. Y estuvieron en la cafetería un buen rato. Y eso me permitió tener más espacio para mi y leer mi periódico con mayor comodidad.

Cuando llegué al artículo de Terenci Moix me quedé extrañamente maravillado. En ese artículo de nombre tan bonito, tan melancólico y evocador, se encerraba una descripción absolutamente certera del desconcierto que la vida me producía. En ese artículo estaba yo, y muchos otros como yo. Por aquel entonces yo ya era consciente de que mi lugar en el mundo era muy poco usual, dado que parecía que no me encontraba en el mundo. Pero actuaba como el enfermo que sabe que algo le pasa pero no sabe el qué. Sufría los síntomas, me reconocía en el ámbito oscuro donde los raros habitamos, y sufría la permanente sospecha de que jamás lograría una integración plena en la sociedad, bien de forma voluntaria o por ser excluído por los otros. Al leer el artículo de Terenci todos aquellos síntomas quedaron aclarados, despejados, explicados bajo la luz tremenda de una revelación, que al mismo tiempo que me absolvía y glorificaba ante los demás (por distinto, por ser único y más valioso que ellos) me condenaba: "siempre serán extraños entre los humanos".

Aquel artículo se me grabó en el alma. Y me salvó. Sabía, de alguna forma, que ya no estaba solo. Que en algún lugar había cientos, miles, de otros jóvenes tristes que sofocaban la incomprensión ajena con libros y películas. Que eran excluídos, como yo. Marginados por decreto de los peores. Que eran catalogados de raros y que despertaban antipatías y recelos, no por ellos mismos, sino porque los demás presentían que eran distintos y mejores. Sí, aquel artículo me salvó. Me ayudó a comprender que mi rareza y mi extrañamiento no eran una tara, un defecto de fábrica, sino algo tremendamente valioso, una auténtica marca de distinción.

Es curioso observar como hay momentos en la vida que presientes que son un símbolo, una especie de aviso, una señal que se manifiesta a todos pero que sólo algunos logran certeramente comprender, ya que se habla para muchos, pero sólo unos pocos escuchan. A mí me pasó con aquel artículo, el cual todavía guardo, como un tesoro. Aquel 25 de abril, en ese momento frontera en que un proyecto, que luego se reveló desastroso, comenzaba, en el que perdido en miles de confusiones escapaba hacía ninguna parte, aquel artículo vino a poner las cosas claras, a dar un aldabonazo de atención, a dejar meridianamente claro que pertenecía a un mundo más rico, por raro, que el resto de los mortales; que me encontraría con muros de incomprensión y ruido, amenazantes sombras de odio y rencor;  que siempre estaría solo, pero que, al menos, podría estar maravillosamente solo.

Han pasado ya muchos años desde aquello, y siempre me he sentido reconfortado al pensar que los jóvenes tristes tuvimos una vez un faro que nos iluminó y nos señaló la existencia de los escollos, no para sortearlos, sino apara asumirlos y ser conscientes de que ellos marcan los límites de nuestro valor, y de que frente al acantilado traicionero hay horizontes de luz. Hay que ser coherentes con lo que somos, y somos solitarios, raros, extraños, melancólicos y añorantes. Y por eso mismo, por ser diferentes, por estar metidos de hoz y coz en un mundo ruidoso, facilón y superficial que nos desprecia, somos tremendamente valiosos, por únicos, por alejados, por guardar la esencia de que somos mejores. De la misma manera, diría un castizo, que un diamante destaca en un plato de garbanzos.

El artículo de Terenci os lo regalo a continuación. Si se hace clic se puede ver a mayor tamaño.



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