Es curioso e interesante este libro de Ricardo Menéndez Salmón. Curioso, interesante y, a pesar de su brevedad, difícil.
Es curioso porque no es muy habitual que escritores españoles sitúen la trama de una novela en plena segunda guerra mundial. Sí hay algún título reciente que traslada la acción a este conflicto bélico, pero en un ambiente mucho más "español": el de la División Azul, como hace Ignacio del Valle en El tiempo de los emperadores extraños, en Alfaguara. Pero este de Menéndez Salmón es el primero, que yo sepa, que escoge la segunda guerra mundial como trasfondo histórico y, además, desde el bando alemán. No en vano el protagonista es un joven sastre que pasa a formar parte de una división blindada germana.
Es interesante porque la historia que cuenta, lejos de las grandes hazañas militares, de los discursos patrióticos y altaneros, de todo ese ruido, confusión y espanto que la guerra genera, nos muestra la trayectoria de un joven que ve su vida truncada por el estallido de la guerra; que, a su vez, ve su vida militar truncada por la participación en una acción de castigo contra una población francesa; y que ve su posterior vida, primero como paciente en el sanatorio en el que reposa y luego como refugiado con nombre falso en Londres, truncada por la reaparición, como fantasmas que emergen de la niebla, de los personajes y mentalidades que estuvieron presentes en el estallido de su pasado militar. Y todo ello cuando ese personaje, Kurt Crüwell, a raiz de los sucesos que vive como soldado, sufre la rara enfermedad de una perdida absoluta de sensibilidad, no ya física, sino también emocional. Es alguien a quien ni el dolor ni el placer alteran, que no participa ya de las alegrías ni las tristezas que el mundo ofrece, porque no las siente.
Y es un libro difícil. Por su lenguaje, preciso como un perfume, ciertamente barroco, preciosista en las descripciones, en la atmósfera con la que rodea a los personajes, desde el suave rumor de los bosques franceses hasta el frío y lluvioso Londres. Pero es, sobre todo, difícil por su interpretación. No basta con ver en La ofensa la mera historia de un soldado que se ve aquejado de la rara enfermedad de una insensibilidad absoluta. No basta con reducir la historia a un único individuo, por más que trate de un individuo único. Al contrario, La ofensa es una metáfora de toda una época de la historia de Europa. De una Europa que sucumbió a los cantos de sirena que, envueltos en sueños de grandeza y dominación, proyectaba el régimen totalitario nazi, quintaesencia del mal, no por la maldad en sí, sino por la deshumanización a que sometió a tantos millones de personas. Kurt Crüwell es un símbolo, espejo de toda la población europea, que a base de sufrir horrores durante la guerra, acabó cayendo en el peor de los males: la indiferencia, representada aquí por la insensibilidad que sufre Crüwell. Pero lejos de ser una indiferencia neutral, un no importar lo que pasa, el acostumbrarse a la cercanía del mal, es una indiferencia culpable, como demuestra el hecho de que al cruzarse casualmente con su antiguo capitán en Londrés, ya acabada la guerra, Crüwell es capaz, otra vez, de seguir la senda de esos hombres que hablan su idioma materno para adentrarse, de nuevo, en la rememoración del horror pasado, de los hechos que le condenaron a la insensibilidad. Y todo eso, como bien se narra, con la esperanza de encontrarla a ella, una atractiva mujer, vestida con la suavidad de la seda pero con brillos metálicos, como el sastre Crüwell sabe reconocer, y que no es más que el reflejo de una sociedad que ha sabido refinar sus métodos de causar el mal hasta niveles industriales: la belleza que atrae en la fría y metálica máquina que asesina.
Crüwell muere, por supuesto, desde el momento en que vuelve a vivir el horror de las ejecuciones y los asesinatos, pero no es la muerte de un individuo, sino la de toda una sociedad, la de toda una mentalidad: la de aquella que pudiendo extasiarse con la pintura, con la literatura, con el arte modernos, con el paisaje, con todo aquello que la sociedad ofrece de bueno, abandona la ingenuidad que lleva a la felicidad y se sumerge en el miedo colectivo, en el temor industrializado, en una deshumanización profunda pero que, al mismo tiempo, como la mujer del vestido de seda con brillos metálicos, produce atracción.
La ofensa está publicada por Seix Barral, en su colección Biblioteca Breve.
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